HAFEZ AL SHIRAZ

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Hafez al Shiraz (1325 – 1389)

Se trata de uno de los escritores más conocidos en lengua persa y uno de los grandes referentes literarios de Irán aún hoy en día, más de seis siglos después de su muerte. Hafez era su nombre de pluma y significa “custodio”, puesto que según se dice sabía recitar el Corán de memoria.
Su obra más conocida es el Diván, que recopila todos sus poemas conocidos -y en ocasiones también muchos que simplemente se le atribuyen- y que está considerada una de las obras maestras de la literatura persa. Sus versos hablan de temas aparentemente comunes como el amor y la felicidad, pero el uso de palabras con múltiples significados añade una dimensión secreta a sus poemas
Sin embargo, su poesía no se limitaba a temas dulces e inocuos: también escribía poemas de protesta contra la tiranía y corrupción de los gobernantes, que le hicieron perder el favor de la corte en más de una ocasión y que incluso lo condujeron al exilio en Isfahán durante unos años. Habiendo recuperado su posición, pasó sus últimos años en su ciudad natal, Shiraz, donde murió en 1389 o 1390.

UN FUEGO

El Fuego del corazón prendió en el pecho y ardió doliente por el Amado.
Un fuego había en la casa que la morada quemó.

La distancia del Amado hizo arder mi cuerpo.
Separado de su rostro, un fuego mi alma quemó.

Como el cuenco, se rompió de arrepentido mi corazón.
Sin vino ni copa, tal tulipán, mi corazón se quemó.

Mira arder mi corazón, mira el fuego de las lágrimas.
El corazón de la vela, como mariposa, anoche, de compasión se quemó.

Acaba la discusión y vuelve, que mi pupila,
quitándole el manto suyo, dando gracias lo quemó.

Todo el que vio la cadena anudante de tus rizos
se enardeció y, por mi locura, se quemó su corazón.

No es raro que de mí se compadezca el conocido:
cuando me fui de mí mismo, el corazón del extraño se quemó.

El agua de la taberna se llevó mi manto de abstinencia,
el fuego de la taberna mi casa de inteligencia quemó.

Bebe vino, Hafez, y olvida ya la leyenda,
que de noche no dormimos y, por amor a la fábula, la vela se quemó.

¡VUÉLVETE!

El cáliz en la mano, llegó mi amado al convento de los magos
ebrio de vino y los comensales ebrios de su ebrio narciso.

De su caballo, en la herradura, creciente la luna clara;
y por su altura, del cedro la altura baja.

Se levantó, y la vela de los corazones de todos se sentó.
Él se sentó, y el grito de los contempladores se levantó.

La algalia emite alto perfume, pues se enrosca a su bucle;
El khol dibuja un arco, que el de su ceja asume.

Mas ¿por qué digo soy, si de mí mismo no he noticias?
Y ¿por qué digo no es, si con él tengo la vista?

Vuélvete, y que la vida en fuga de Hafez vuelva,
Aunque la flecha que salió del pulgar nunca regresa.

EL PALACIO DEL DESEO

El palacio del deseo tiene cimientos muy frágiles, ven,
trae vino, que están en el aire los cimientos de la vida.

Esclavo soy del virtuoso que, bajo este índigo círculo,
exento está de albergar los colores del apego.

Un consejo te doy, aprende y aplícalo,
pues este dicho recuerdo de mi maestro:

«No esperes que tan frágil mundo cumpla con su compromiso.
Es el novio de mil novias ese anciano.»

Anoche, hallándome en la taberna, ebrio y desastrado,
¿sabes qué nueva me dio el ángel del misterio?

«¡Oh, tú, de alta mirada, halcón real que habitas en el árbol del séptimo cielo,
tu morada no es este rincón de sufrimiento!,

desde la alta torre del trono, te están llamando.
¿Qué te sucede? ¿Tan hondo has caído en esca trampa?»

No acojas la tristeza del mundo y no olvides mi consejo,
pues uno que está en la vía esta máxima me dijo:

«Confórmate con lo que tienes, desata el nudo de tu ceño,
no está abierta para ti ni para mí la puerta de la elección.»

De fidelidad y de compromiso, en la sonrisa de la flor no hay indicios.
¡Emite una queja, ruiseñor sin corazón, que este es el lugar del grito!

¿Por qué, pues, envidias a Hafez, mal rimador?
El gustar y la gracia del verbo son un don de Dios.

 

LA VIRTUD DE LOS DERVICHES

El supremo paraíso es el retiro de los derviches.
El crisol de la grandeza es servir a los derviches.

De la clausura el tesoro tiene extraños talismanes,
su clave es la generosa mirada de los derviches.

El palacio del paraíso cuya puerta Ridván guarda
es una imagen tan sólo del prado virginal de los derviches.

Aquello por cuya luz el corazón negro se torna oro
es la alquimia que se gesta en la voz de los derviches.

Aquello ante lo cual pone el sol su corona de arrogancia
es la grandeza que habita la corte de los derviches.

El reino no resguardado del miedo cuando amenaza la pena
escucha sinceramente: el reino es de los derviches.

Los reyes son la alquibla de las súplicas de todos,
la causa es la servidumbre al trono de los derviches.

El rostro deseado que orando buscan los reyes
tiene su más claro ejemplo en el espejo del rostro de los derviches.

De una punta a otra abarca, de tiranía, el ejército,
pero del principio al fin es la hora de los derviches.

¡Ey, poderoso!, no ostentes tanta arrogancia, que
tu cabeza y tu oro están a la sombra del acuerdo de los derviches.

Oh corazón, apártate con cortesía: la realeza del amor
se debe a la servidumbre de los derviches.

Si por Su ira el tesoro de Coré se sigue hundiendo,
habrás leído que esto se debe también al celo de los derviches.

Oh Hafez, si quieres agua de vida eterna,
su fuente es la tierra del solitario umbral de los derviches.

Soy esclavo de los ojos de Asef, el actual visir,
que tiene el rostro señorial y la virtud de los derviches.

 


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