
LA CALLEJUELA DE NUESTRO PASADO
Mi alma es un incendio donde nieva
Juan Eduardo Cirlot
Contemplo el tiempo
desde el monte de la tristeza;
diviso un mundo con alas de paloma.
Su niebla me mira con amargor errante
con el brillo de las margaritas
creciendo entre las zarzas.
Ella, la prestidigitadora de ausencias,
malabarista de efímeros gestos,
lengua haciendo piruetas sobre su vientre
de violín donde se enhebran desencuentros.
Niebla de una vida que cruje en la memoria
como maraña de hojas secas.
Como un jazz de amores torcidos,
el sonido de la lluvia que me envuelve
y me inunda desde lejos sigue a mi lado
como la oscilación del péndulo.
Sombras, inmensidad de silencios
se desbordan en los pasillos de un pasado
que viven en abrazos íntimos de asfalto.
Recuerdos de mariposa cautiva naciendo
en gotas de tibia paciencia clandestina.
Los desencuentros en constelaciones,
polvo de estrellas bañado de mareas,
recuerdo:
castillos en el aire con raíces de arena.
Y mi voz, hecha de relámpagos,
metal invadiendo la nada
creando olas que rompen en el muro del odio.
Aprendiz de notas musicales.
Ojos de girasol creando alas.
Se rompió lo que callaba,
cada pecado abre sus costuras.
Cada desnudo se confunde con las lámparas,
enroscado en los desvanes.
Brasas, astillas de compromiso,
espátulas de hierro con clarividencia
donde un temblor me reclama.
Esa callejuela que espera su pirámide
se ha vuelto aire constipado,
ruge como flauta sin espacios.
Una brújula traza su destino
en la copa del olivo,
subiendo escaleras de caracol,
con pámpanos de parra
donde acuden las llamas vegetales
sobre páginas cubiertas
de diccionarios cautivos.
Zarcillos desiertos de inquietud en aquel verano antiguo
deslizan mi carruaje por calle desnuda
con esa brújula sin tiempos:
el rumor de la cigarra me rozó la espalda,
soy la que espera el poema con ahínco.
El pasado se quedó en silencio,
como quien olvidó el camino entre sarmientos
o en su obstinada permanencia.
Mariví Ávila
LA CALLEJUELA DE MI PASADO
Aquella golondrina que sabe que volverá
lleva una pequeña brizna en su pico,
algo como una diminuta alegría al vuelo.
Golondrina que migra muchos kilómetros
vigoriza tus alas en cada vuelo,
conoce su camino,
pasa por esos mares de sinuosas aguas,
de palmípedos graznantes.
Llevas contigo tus raíces, cruzas fronteras
sin perder el alma.
Alma de migrante llevas en tu corazón, golondrina.
¿Qué puede sentir una madre abrazada a su hijo
en una pestilente patera?
¿Que puede pensar un hijo abrazado a su madre,
cuando el mar lo devora?
Si vas por allí detente en la locura del tempano,
Si vas por allí detente en la cima del tiempo,
acústica que pasa con la velocidad del aire.
Detente donde los peces tengan los colores de tu bandera,
donde las flores saluden tu valentía.
Ciénaga pestilente te echó a volar,
detente en el sauce, detente en la sierpe dormida,
en el abismo de sal.
Allí donde una flor cultives sobre tu riunosa barca.
Ana Barletta
LA CALLEJUELA DE NUESTRO PASADO
Pidiendo limosnas y
otro camino más heroico,
juntábamos nuestros pies
y contábamos mediocres pares en falta.
Si hubiéramos sabido
que más adelante
nos detendrían y nos pintarían de rojo,
no nos habríamos avergonzado tanto
de nuestro aspecto animal.
Como auténticas bestias
nos habríamos arrancado de raíz
la falsa infancia podrida.
El cuento se cuenta rápido:
La sangre no debería manchar
de tal manera,
y sin embargo,
como una corriente de pastores curtidos,
se embala y sabe
de la rumia,
más que las ovejas.
Un ignoto sol enrojecido
alza sus manos de cera
cual Ícaro quimérico
y queremos volar
volar a la inversa,
volar para volver,
volver a alcanzar
ese punto redondo
de maternidad.
Laura Trat
LA CALLEJUELA DE NUESTRO PASADO
Amanecí en medio de mi pueblo,
su plaza y un terreno baldío,
el sol cayendo en terrazas y caserío.
Su monte se yergue como antigua bestia,
sauces y cipreses cuidan su cuesta,
largos ríos, caudalosos,
aire libre y alegre baila suave
en nuestras cabezas.
Al oeste la vieja iglesia y sus bancos vacíos,
al norte un bosque espeso y las historias que se cuentan.
En el centro de mi pueblo una pequeña callejuela,
callejuela de juegos, brazos tibios,
letras coloridas,
sonidos, custodios del camino.
Sobre esa callejuela se guardan buganvilias de soles y de fríos,
esa vieja callejuela, lejana,
se oscurece a cada paso mientras sigo mi camino,
callejuela silenciosa, oscurecida,
en el centro de mi pueblo la esperanza se encuentra en la poesía.
LïzRA
LA CALLEJUELA DE NUESTRO PASADO
Es una Calle de piedras y tierra
luces enmarcadas forman faroles artesanales
forradas con papel celofán
adornan los dinteles de las puertas.
Guían los pasos de los caminantes
que tropiezan con las piedras
en la vejez de un día
y se levantan con los pantalones manchados
de polvo
por la caída libre.
Esta es la callejuela de nuestro pasado.
Calle de una ciudad perdida
calle que tiene en sus postes de madera
cables telefónicos.
Los niños le abrazan pegando su oído
escuchan conversaciones lejanas.
Es el pasado
hace ruido
como una interferencia.
Frases incompletas
extrañas.
Alguien está al otro lado del poste telefónico.
Yo no le conozco,
él no sabe que le escucho
él, solamente habla.
Y yo me pregunto
¿Quién será?
Pero no podré saberlo nunca
en el paisaje de esta callejuela,
callejuela de nuestro pasado
aparecen todas estas imágenes
menos, el que habla.
Arelis Juárez
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