
ELENA CABREJAS
Nacida en Argentina, en la Ciudad de Buenos. Aires. Estudió Letras en la Universidad del Salvador. Colaboradora literaria en suplementos de: La Nación, La Gaceta de Tucumán y La Capital de Mar del Plata. Asesora Editorial en Marymar, allí dirigió Colección Letras.
Organizó la Revista ‘SADE’. Creó y dirigió la Revista ‘CENTAURO’. Dirigió Talleres, Cafés Literarios y el Grupo Literario ‘SIEMBRA’. Fue Secretaria de Cultura de la SADE durante la presidencia de F. Escardó (6 años).
Entre sus libros de poemas citaremos: «Canilla popular» (1975); “Poemas para la madre” (1981); «Tiempo que duele» (1983); «Vencer al miedo» (1984), «Como un pájaro en llamas»(1986); “Herederos del silencio” (1992 y 1993).
Dueña de una voz muy personal, su poesía sabe indagar, valiente y sin apelaciones, en los aspectos más trágicos y dolorosos de la realidad social de su país y de la infancia.
POEMAS
A LA DERIVA
(atrapado en la cárcel de la droga)
Como un ciego arremetes contra el muro
y tu blanca vara no alcanza a divisarse
ni el campanilleo que agita tu sangre
en busca de la luz.
Te condenan al vértigo, te condenan al Gólgota
a la cólera de tu corazón raído
al incendio de tu adolescencia
que no acabas de entender.
Quieres ser descubierto y alzado en los altares
de bruma que te apaga.
Lloras como un niño y maldices como un hombre
«estás solo frente a los alambrados acechando
a los guardianes en sus rondas»
estás solo y consumiéndote igual a un cirio
en la última ceremonia de la muerte
en el laberinto de resplandores efímeros
frente al alto portal de los abandonos.
Ríes con tu risa espantable.
Te sacudes en los alcoholes del olvido
en las drogas de la desesperanza
que atraviesa tus sienes
y escudriñan los secretos de tus pocos años.
Tienes las llaves que pudiste arrebatar
pero no alcanzas a la cerradura.
Paloma incendiada sobre los techos del infortunio
giras y giras en un juego infernal
saltas las vallas de las edades
y caes intermitentemente en la misma zozobra
en la sed de caricias
en la extraña capilla que te espera
para volver a inmolarte.
Pequeño hombre derramado
seducido por los néctares de las agujas
que te crucifican una y otra vez.
Cordero de sueños vencidos que no deja de andar
regresa con tus tempestades
con tus cantos olvidados
con tus otras pupilas de creer
con tu punzada terrible
con tu piel de granada que estalla incesante.
Regresa con tus costuras
regresa
desde el pozo de la sed.
LOS POETAS
Caminamos juntos y vamos por la vereda
llevando en los brazos poemas como soles, como gritos,
como ofrendas
poemas que ardían, que clamaban, que gemían,
desde cada línea, desde cada palabra, cada sonido, cada silencio,
cada sueño que entró por las noches
caminamos juntos
A MIGUEL HERNÁNDEZ Y SU CANTO ENCADENADO
(fragmento)
Picotazos de cuervos rondando tus carnes
hasta el último rincón del alma.
Y tu canto roto
como una vasija de sal.
Continúa cantando
desde cada uno de sus pedazos.
Porque el canto es más fuerte
que el dolor que sepulta a los muertos.
El silencio es un país hondo y espeso
donde se guarda el canto a madurar
donde se guarda la melodiosa furia
del alumbramiento del próximo día.
Abro los bosques de mi pelo
para atrapar tu memoria,
tu voz que me traspasa todavía
en la reencarnación del caos,
en los barrancos grises de la soledad
donde te han cruzado la piel a latigazos.
Tu voz sitiada en la celda del pecho,
panal que invadieron los ofidios
deidad que escribe con mil brazos
la historia del hombre.
La siento oscilar en mis pendientes
con sus negras piedras
como los pozos del olvido.
La escucho llegar en el agua del sueño
donde tus peces vuelven a seducirme
hasta vaciarme la sed.
La escucho con la unción
con que se escucha la profecía
que asciende en una catedral de sal.
Donde tu palabra me invade
con su obsesión de altar y quemadura.
En el lento ascenso
del subsuelo de la palabra
hay un hilo de luz que abre los cerrojos
de los gabinetes secretos.
Porque el poema escrito en la humedad
de las catacumbas echa raíces.
Tu canto que tiene caballos de fuego
tironea de la noche con el miedo adentro.
Y la piel cielo gris de tus ojos
pétalos de seda y musgo
despeñaderos de bruma
donde un guitarra clama
hechicera y carnívora.
Acechándome.
Imposible regresar desde el humo de tus ojos,
desde la asfixia
donde eres una barca de aliento y desolación
/ donde tu palabra comenzó a no ser
y el rocío no pudo salvarte del deseo.
¡Dios! La sirena de un barco sin timonel
viene a buscarte.
Y subes por las tinieblas del mundo
con tu destello vivo
de abrir hogueras en el alma.
Ritual de la luz
invadiendo las pieles de la noche
los túneles del cuerpo,
las raíces que crecen atándote los pies.
Cuerdas que tironean de la música
que cae sobre tu música
urdiendo melodías de soles
que surgen de tu hoguera
con sus agujas amarillas.
Uñas en las fisuras del corazón,
alacranes hurgando
en los páramos de la locura
en la feria de rostros
que no dejan de estallar en el acecho.
Suenan y resuenan tus versos en mi canto
cuando tu ausencia golpea
en sus concavidades
y otra poesía renace húmeda y sensual
para atraparme.
Ando desnuda y blanca
por las notas de tu voz,
huyendo hasta el fondo de tu herida
por donde vuelves a entrar.
Obstinadamente.
Y otra vez tus lágrimas de nieve
sobre el teclado rojo
de un piano con olor a madera
y desolación.
En el río del verso
recojo las piedras de tu canto.
Una a una queman mis manos
con el fulgor de tu vocación empecinada,
con la brasa del verbo
que brama en el pecho.
En el copón de tus manos
me das de beber pepitas de poesía.
En las puertas clausuradas
de tu exilio donde todas mis voces
continúan reclamándote.
Fuente consultada: https://omegalfa.es/downloadfile.php?file=libros/cuaderno-de-poesia-critica-n-030-elena-cabrejas.pdf
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