ANTONIA POZZI

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Esta semana conocimos a la poeta italiana Antonia Pozzi (1912-1938) cuya obra poética trasluce una intensidad y necesidad de experiencia que se nutre del paisaje o, como escribe en su propio diario, una herida a través de la cual mi personalidad querría fluir para darse.

Sentía más suya la campiña lombarda, esa que hay al sur de Milán, en dirección a Pavía. Por parte de madre, venía de allí: los Cavagna Sangiuliani, condes de Gualdana, habían sido dueños de vastísimos terrenos a lo largo del Tesino con bosques, campos, granjas, cotos de caza y pesca, pero también de una biblioteca de 80.000 libros, entre los cuales había muchos antiguos y valiosos. Su abuelo había sido un intelectual respetado, un apasionado de la historia de Lombardía. Su abuela, Nena, una auténtica condesa del siglo 19, aún vivía en Bereguardo, en una gran finca donde Antonia iba a visitarla con frecuencia. Los canales, los arrozales, los diques, las brumas eran un paisaje que conocía bien, al igual que los meandros y los remolinos de ese gran río. Cuando empezó a escribir poemas, en 1929, dedicó uno a este lugar:

AMOR EN LONTANANZA

Recuerdo que, cuando estaba en casa
de mamá, entre la llanura,
había una ventana que daba
al prado: al fondo, el terraplén boscoso
escondía el Tesino y, más al fondo,
había una hilera oscura de colinas.
En ese entonces no había visto el mar
más que una sola vez, pero de él guardaba
una áspera nostalgia de enamorada.
Al atardecer, miraba el horizonte,
entornaba los ojos: acariciaba
las siluetas y colores entre las pestañas,
y la hilera de colinas se alzaba,
trémula, azul; me parecía el mar
y me gustaba más que el mar verdadero.

Milán, 24 de abril de 1929

Su afición a la fotografía, otra forma de testimonio, dejó una producción nada desdeñable en la que prevalece el paisaje abierto. El contacto con la naturaleza no solo es explorado a través de la poesía y la fotografía, sino también, y con igual intensidad, con el cuerpo: Pozzi, además de esquiadora, fue una alpinista experimentada y llegó a escalar la Grigna, situada en Lecco, al norte de Italia.
La relación con la naturaleza será la constante más clara en el corpus pozziano. En una descripción del paisaje que la autora comparte vía epistolar con “Nena” (su abuela), escribe: “Contemplar de esta forma no es un reposo, sino una vida intensísima y bella.”

CANTO SALVAJE

Grité de alegría en el ocaso.
Buscaba violetas entre las zarzas:
había subido al pie de una roca
hinchada y rugosa, rumbo a los arbustos.
Sobre el prado plagado de peñascos,
sobre la cabeza rubia de las margaritas,
sobre mi pelo, sobre mi cuello desnudo,
desde el cielo alto soplaba el viento.
Grité de alegría, mientras descendía.
Adoré la fuerza salvaje y erizada
que hace mis rodillas ávidas al salto;
la fuerza desconocida y virgen, que me estira
como un arco en la carrera segura.
Todo el camino olía a violetas;
los prados languidecían en las sombras,
temblorosos aún de caricias doradas.
A lo lejos, en un triángulo de verde,
el sol se desmoronaba. Hubiera querido
saltar, con prisa, hacia esa luz;
y tumbarme al sol, y desnudarme,
para que el dios moribundo bebiera
de mi sangre. Luego permanecer, por la noche,
tendida en el prado, con las venas vacías:
las estrellas – lapidando con rabia
mi carne disecada, muerta.

Pasturo, 17 de julio de 1929

El 1 de diciembre de 1938 (a los 26 años) escribió una carta de despedida a sus padres, incluyendo una cariñosa mención para su abuela. Al día siguiente al mediodía abandonó el Instituto Técnico Schiaparelli en el que daba clases de literatura y se dirigió a la abadía de Chiaravalle, en cuyas adyacencias tomó una dosis mortal de barbitúricos y se recostó a esperar su muerte.
Sus poemas y escritos, conservados en tres cuadernos, fueron publicados de manera póstuma en 1939 por la editorial Mondadori con el título Parole, por decisión de su padre quien reunió y mutiló sus poemas.

PLEGARIA A LA POESÍA

¡Oh!, tú bien me sopesas
el alma, poesía:
tú sabes si falto y me pierdo,
tú, que entonces te niegas
y callas.
Poesía, me confieso ante ti
que eres mi voz profunda;
lo sabes,
sabes que traicioné,
que caminé sobre el campo de oro
que fue mi corazón,
despedacé la hierba,
arruiné la tierra –
Poesía – esa tierra
en donde me dijiste el más dulce
de todos tus cantares,
en donde una mañana, por primera vez
vi volar en el claro cielo la alauda
con los ojos busqué elevarme –
Poesía, poesía que permaneces:
mi profundo remordimiento,
¡oh! ayúdame tú a reencontrar
mi alto país abandonado –
Poesía que te entregas solo
a quien con ojos llorosos
se busca –
¡Oh! rehazme, tú, digna de ti,
poesía que me miras.

Pasturo, 23 de agosto de 1934

Bibliografía

Balagué, M. y Caldirola, G. (2019). Antonia Pozzi – Una cosa de nadie. Hablar de poesía, N°40, p. 265-276

Guerrero Guzmán, I. R. (2023). Siete poemas de Antonia Pozzi. Anuario de Letras Modernas, 26(1), 117-128

Cognetti, P. (2023). La Antonia. Pepitas de calabaza, Logroño.


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