AL NIÑO QUE NO QUIERE JUGAR…

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AL NIÑO QUE NO QUIERE JUGAR

Una resistencia al mandato de alegría
abrió sus manos llenas de un nuevo alfabeto.
Lo dispuso todo en el jañiquín, antes de que calentara el sol.
Un sol con sombrero guardaba su pacto secreto.
En su pecho cabía un bosque de silencio y su fragua,
pues había esmeraldas sin tallar
en su memoria de estatua.

Escardando en el poema del olvido,
saltan letras traviesas queriendo escapar de la llama.
Aunque prefería ser chabanco o tierra salvaje,
se dispuso a aricar la zanja en ese curial.
Jugar tenía su sombra, su muro,
pero había ejercido la txola del poema,
como dicen en euskera: esparcir semillas.
Luego tocaba eixarcolar y escardar
porque el juego que le gusta
no es sencillo de crear.

Comenzó a llover.
Su alfabeto se despeñó por gargantas mojadas.
El petricor de la tarde le llevó a la mesa del brasero,
hablándole del seher del amanecer,
donde se aventan las mejores frases
sobre los pájaros y sus ramas preferidas.

Antes de la oriscana, ya iba recogiendo sus cascabilllos
para recolectar las aceitunas del olivo migratorio.
Un sabitegi se llenará de brotes de verbos
para este chiribín que juega
a contar las pergañas de las botas
y calmar la zarzulla
después del largo día.

Y al hurgar en la faltriquera,
encontrará buenos dineros
para pasarlo con amigos
o tejer una almazuela para el invierno,
dejando atrás la palabra patchwork,
que ya suena más lejana.

Mariví Ávila

 

EL NIÑO QUE NO QUIERE JUGAR

Treinta y dos marcas fijadas
con las manos de la ley,
escondido en el parque de los ciervos,
serio al baile de pieles rojas,
ciego a los campos de maíz,
muñeco de remiendos paternales.

Escondido en la piedra nevada,
casi sin respirar
evitando la mirada ausente
de la locura.

Jugando se duerme el hastío
y la insensata razón,
escupo realidades
insoportables como mendrugos
de hambre.

Dignidad lapidada en deudas familiares,
diarios de candados en blanco,
jugarse la vida,
en la obscena seriedad
de la adultez fingida.

Jugar con normas
estrategias para nacer,
instrucciones para amar,
los inviernos reparten las cartas
para volver a empezar.

Monica Herrero

 

AL NIÑO QUE NO QUIERE JUGAR

El caballito de madera se ha vuelto letra escrita
Los cielos son rojos, trepidantes,
cuando el niño juega,
cuando una niña deja de obedecer,
deja de callar.

La niña silenciosa, que observa
y que no habla,
su mirada todo lo dice,
mirada de mujer, elogiada,
adulada en los libros,
labios que no se despegan
en el aliento de la palabra,
está como muerta, sin aliento.

El niño no quiere jugar,
como el adulto que no quiere escribir,
empecinado egoísmo de no mezclar su vida
con la de otros, no sabe
que estamos construidos por otros,
somos símbolo y palabra.

La niña – mujer no puede hablar.
En el seno familiar no habla,
su palabra reprimida la enfurece, la daña.
Como laguna de agua estancada,
dice solo lo que se espera de ella.

Trabajar para que el oceánico ardor humano
no se apague,
para que el corazón palpite junto a otros corazones.
Entender que los grandes maestros están
acompañando el camino, todos los libros leídos,
nos ayudan a jugar.
Hacer la revolución ,para la mujer, es aprender a hablar, a escribir.

Ana María Barletta

 

AL NIÑO QUE NO QUIERE JUGAR

¿Por qué no juega el niño?
¿Se acabó la fantasía?
¿Los días dulces y de rabietas?
¿De risas escandalosas, de sorpresas?
¿Quién le cuenta los cuentos de hadas?
¿Quién le cobija?
¿Quién lo calma?
¿Por qué se puso serio?
¿Está enfermo?
¿Por qué ahora el mundo de cometas y animales le es ajeno?
Inútil, insípido.

Maduró como manzana en la copa del árbol,
El viento lo echó al suelo,
Lo estrelló contra el pasto,
Desde el piso mira la copa lejana,
Añora su abrazo,
Su latir verde, apacible latir.

El niño no quiere jugar,
perdió la cuna,
se alimenta de la tierra,
de sus gusanos, de sus hiedras,
pronto será semilla,
candorosa semilla abierta,
abundante árbol
de apacibles ramas,
lustrosas hojas,
diamantes manzanas rojas
que el viento también tirara.

LïzRA

 

AL NIÑO QUE NO QUIERE JUGAR

La pelota es muy pesada, me aburro.
Al patín derecho de mi botín
se le descarriló una rueda elíptica.
Jugar al corro es un engorro,
y me mareo con tanto jaleo.
¡Déjame tu móvil, mamáaaa!
Hacer castillos de arena
para que luego se caigan,
me muero de pena.
Jugar a las cartas me carga
y encima pierdo.
¡Papáaaa quiero ver la tele!
¿Jugar a pintar?
¿Qué más quisiera?
No tengo sacapuntas.
Un saco de canicas,
Se me revuelven las tripas.
Para jugar voy a tener que necesitar,
necesitar a alguien más…
Yo no me quiero complicar.
Mejor me ponéis un vídeo
Y no invito ni a mis amigos.

Henar Hidalgo

 

AL NIÑO QUE NO QUERÍA JUGAR

Ayer, en mi camino a casa,
escuché un ruido que me hizo parar.
Algo pequeño,
un ser a medio hacer,
pedía ayuda al mundo, se estremecía
y yo lo escuché.

¿Por qué recibí aquel ruido afónico,
aquella vibración de un vacío
que no sabía nada de sí mismo,
un vacío que de pronto se había
llenado con un ruego tímido,
un ruego ignorante de lo que estaba pasando?

No lo sé.
Quizá fue porque mi mundo se había
empequeñecido aquel día,
o porque me sentía sola, muy sola, y
estaba a punto de enmudecer.

Entonces, como había desaprendido,
ese día, a usar mi voz y
me había refugiado en una soledad inaudita,
el grito no pronunciado no era
un obstáculo para mí.
Recibí la mera existencia
de aquel pájaro,
pequeño animal a medio hacer,
que se había caído de su nido
o había sido expulsado
por una madre ladrona.

La caída produjo una rajadura en el aire
justamente cuando yo pasé, y
de repente inhalé,
después de todo un día en solitaria fatiga,
la presencia de un ser
que me necesitaba.

Ahora, que ya estoy en casa,
enseñando al crío a jugar con lo que
la vida le da,
me doy cuenta de que,
más que él a mí,
yo lo necesitaba a él.

Laura María Trat

 

EL NIÑO QUE NO QUIERE JUGAR

Niño de mirada profunda,
tus ojos tocan mis entrañas,
estremecen mi piel
y abren mi corazón a tu nostalgia.

Secreto de otro mundo
refleja tu rostro;
canta tu sonrisa,
y musas ágiles envuelven tu voz
habitada por coloridos dioses.

Música de otros reinos templa el tiempo.
Banquete dulce es tu juego,
danza suave de espíritu libre,
encantador refugio tu silencio,
colmado de misterios acunados por siglos.

Juega, niño, en tu mundo.

Llévame de la mano,
atiza mi ilusión
y revélame el camino.

María Julia

 

AL NIÑO QUE NO QUERÍA JUGAR

Hubo un niño en el fondo del paisaje, pude verlo porque las nubes estaban tan bajas que parecía que sus pies subirían a ellas en cualquier momento.
Estaba de pie, quieto al borde de la luz, con sus puños cerrados.
Pude escuchar su respiración pequeña a pesar del ruido del mundo.
Le hablé, pero no vino hacia mi…
Parecía encandilado con las distintas
formas celestiales a punto de abordar.
De pronto, el niño se acurrucó y por fin abrió sus manos.
Me acerqué muy despacio, lanzando un algodón de nube imaginario.
Intenté jugar con él a un sinfín de ideas pero ni siquiera me miró.
Hoy aunque ha pasado mucho tiempo de la feliz visión, en esta noche de nubes ausentes, le canto al niño que no quiere jugar, le canto con voz real, no de sirenas encantadas, para que si él quiere, me permita acompañarlo en su viaje, y mientras se sube a mi nube, podamos jugar.

Dolores Granados

 

AL NIÑO QUE NO QUIERE JUGAR …

Al niño que no quiere jugar
que se le podría regalar
para que aprenda a reír
en vez de llorar?

Será que en el intento de verle feliz,
el exceso ha sido un enemigo y no un aliado
como se habría pensado.
¿Cómo remediar este entuerto?

Si cuando digo amor
confundo su significado,
y al amor me lo como
sin dejar nada en el plato.

¿Por qué no quiere jugar el niño,
estará acomodado en los brazos de mamá…
sera que mamá
ya no está enamorada de papá?

El niño ya no quiere jugar.
Tiene cara triste
Tiene cara empurrada
Tiene ganas de ganar.

El niño no ha aprendido a perder.
Cuando le toca,
parece desfallecer
hasta le da por toser.

¿Que tendrá el niño
que no quiere jugar?…

Arelis Juarez


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