
ESTA FIEBRE CLARA
Llegas a tiempo.
Para entonces
las calles ya están inundadas
por el torrente de flores,
mar de recuerdos.
Es un dulce naufragio
difícil de resistir.
Somnoliento,
como la brisa ligera, que no anuncia nada,
nada o el eterno sueño de la infancia.
Así te entregas a la vida.
Y ahora, desear haber sido
más despierta, más activa
en el transcurrir de los veranos.
Pensar, que una flor podía haber
dicho tu nombre,
que un árbol te estaba dictando su alegría
y tú nada más que saltabas
de un charco al mar
del mar a un diluvio
del tobogán fatal a un patio cálido
saltabas y tu frente ardía
de esa fiebre clara
que solo se tiene
una sola vez.
Llegas a tiempo.
El árbol aún te abraza
y la flor nunca dejó
de susurrar tu nombre.
La fiebre clara ha vuelto
en forma del futuro
y siempre podrás
emprender el navío.
Laura Trat
ESTA FIEBRE CLARA
Era manantial porque no se agotaba en su ser;
Su profundidad, de temperaturas extremas,
acariciaba la esfera de hierro y níquel
del núcleo interno terrestre,
pero su exterior, su mostrarse,
siempre surgía limpio y fresco.
El lábil verbo en graves tonos,
su uso, su abuso, cimbreante saeta
nunca trepidante en su lanceo.
Emponzoñada sierpe de sinuosa danza.
Oropel lacerado de coberteras,
Escudriñando cándidos fulgores
con magnéticos ocelos polícromos.
Henar Hidalgo Riol
ESTA FIEBRE CLARA
En la cara oculta del deseo
una fiebre clara rueda por un cráter de la luna.
Han alunizado bestias desterradas de la selva,
un sidecar de luceros iluminan la escena,
un tigre rociado de lunares se eriza, incendiado
ante la secuencia iluminada.
Un científico, aficionado a la cámara,
ajusta sus lentes al objetivo.
Presto a filmar la fuga de la luz,
cuando la Tierra se disuelve
con su boina azulada.
Vigilante de cualquier movimiento
se presta con antenas oceánicas
ante el acontecimiento.
El paisaje cósmico dibuja un fondo de cruel belleza,
los planetas han derramado sus aguas
por los portales del horizonte de sucesos.
Brillos implosionan en los agujeros negros,
la energía oscura se filma a través de los ojos
de los alunizados.
Flotan las ideas en las órbitas de los cuerpos
que extrañan parte de su masa,
un batallón de palabras horadando la nada,
sustancia a punto de deshacerse,
sin eco que las disperse,
sin aire que las transporte,
ni viento que se las lleve.
Una calma duradera conspira con la sórdida oscuridad,
no hay luz que despegue de la sideral penumbra.
El deseo dilatado persigue al cosmos:
el felino ruge su guión a las constelaciones.
Amor indestructible hacia la vida,
palabras con alas buscan su cráter.
La luna guarda bien todos sus misterios,
no concede ventajas a los teatros con olor a tierra.
Todo es hostil en medio de esta lícita penumbra
sin embargo la insistencia construye huellas,
y en la luna quedan.
El guión se escribe en la cara oculta del deseo.
Mariví Ávila
ESTA FIEBRE CLARA
Esta fiebre clara que no quiere ceder
fortalecida esta con sus bacterias.
Esta fiebre avanza,
aglomeran a mi gente.
Nos llaman con los nombres del desprecio.
Papeles, dadme los papeles.
Yo tengo papeles
yo tengo muchos papeles
¿Quieres que te los muestre?
Aqui los tienes:
Ellos son mi repelente orgánico
para esta fiebre contagiosa.
Los optimistas dicen que la fiebre pasará.
Los pesimistas: la bacteria se fortalecerá.
Pertenezco a los optimistas
“Se que llegara el dia”
También lo sabe el sol.
dice el poema de Tuñón.
Hay que resistir, pueblo.
Hay que resistir.
Ni la luna, ni las estrellas
solas están en el cielo.
Mientras haya mundo
habra poesia
y si hay poesia
habra valentia.
Esta fiebre cederá.
Ya fui al médico buscando la receta para este mal.
No hay escapatoria, díjome.
Rindete, rindete al poema.
Solo entonces curarás.
El virus está suelto
El oro apuesta su mejor tiempo,
crece la línea de espera antes de que se abra el portal.
Podras!
No habra penicilina
Ni potasio ni magnesio
Habrá soneto, un soneto medicinal.
Avanti!
Arelis Juarez.
ESTA FIEBRE CLARA.
La oscuridad de algunas mañanas,
se acumula en lenguas
precipitadas de temperaturas
cruelmente inocentes.
En el otro extremo del tiempo
la fiebre acuna las sienes
de los finales delirantes.
Otras vidas comienzan
envueltas en placentas cálidas,
mientras en la oficina de objetos perdidos
el futuro se entrega congelado.
Ya todos los amaneceres,
ya todas las repeticiones,
ya todos los recuerdos,
ya siempre en todos los paisajes.
Febriles ideas
ahogadas en soporiferas morales,
se acostumbraron a rezar
en tareas cotidianas.
Calentamiento global,
pandemia mundial,
excusas universales
que enfrían un amor particular.
Anosmia de las miradas,
perfumes nihilistas
en indiferentes suspiros
que atenúan la locura.
En la secretaría de los instantes
se registran los pasos
de los muertos
que caminan con la vida
metida en una pantalla.
La vida espera fuera
apareceren las joyas
cuando escuchas los brillos
de los nidos de invierno.
La vida está fuera.
Mónica Herrero
ESTA FIEBRE CLARA.
El mar de sábanas blancas y revueltas
Trae a mí el delirio.
Imágenes abyectas, desfiguradas, turbias,
llenan mis ojos como nubes insolentes, grises, cargadas de tormenta.
Oprime mi pecho la nube más grande,
La de forma de elefante,
Enorme elefante blanco de colmillos marfil.
Las fiebres toman mi cuerpo,
me abrazan con sus calores,
me torturan sus calambres,
desecan mi río, me exprimen.
Tres noches con sus días de no amanecer.
De vueltas y revueltas,
de guerra sin paz.
Un pájaro azul parado en mi ventana,
la rama del árbol llamándome,
la franja de luz, esta fiebre clara,
como claro de día, impoluta en las terrazas de la agreste montaña,
me desata, me da tregua,
me lleva al espejo donde miro mis ruinas,
Lo que quedó después de mí,
de mi alborotada vida,
todo incoherente pero vivo,
con la mirada quieta y chispeante,
el deseo abierto
como amapola divina recibiendo los latidos del sol.
LïzRA
ESTA FIEBRE CLARA
Arde el corazón.
La mente enloquecida corre por los túneles del sinsentido;
se escurre entre las grietas,
atormenta a la razón.
La culpa danza en todo su ancho,
la insatisfacción golpea los límites,
las preguntas se agolpan
y la vida reclama su atención.
Los días fluyen sin pedir permiso,
no escuchan el clamor loco:
nada se detiene.
¿Cómo cantar en tierra extranjera,
en este exilio de sí?
No perciben el extravío
ni la agónica expectación.
La muerte sobrevuela el presente:
despedida lenta de lo amado.
No hay parto de palabra,
no encuentra su cuerpo;
solo atisba un tenue aliento.
Es la voz,
sí, voz que brota,
añeja y nueva,
leve luz desde las entrañas,
que terca insiste cual señal de lo inminente.
¿Cómo alumbrar lo que no se ve?
Las lágrimas, como brazos expertos,
acompañan el espasmo.
Y, tejido en la abrumadora tiniebla,
nace el balbuceo,
travestido de poema.
María Julia
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