
HOJA DE VIDA
Nombre real: Arelis Juárez Flores.
Nombre poético: La Indígena.
Edad: 50 años.
Ubicación: México. D.F.
Ocupación: Fabricante de ropa para mujeres.
Aspiraciones: Realizar mis propios diseños
Ofrecer clases de costura a mujeres.
Talleres para mujeres en la creación de sus tiendas de ropa.
Estudios actualmente: Tratados del alma
El arte de las letras.
Algo de mi escritura:
Que podrá decir de sí
Alguien que se conoce tan poco.
Los días y las noches
se presentan inalterables.
Como avioncitos de papel
vuelan a mi alrededor
mariposas albinas
sin amor que las cobije.
Digo amor
y la noche se puebla de estrellas.
Digo amor
y en las ventanas, rocas como cristales.
Pongo huella
sobre la piel del amado
y ella
no se hace imborrable.
Busco entre las sombras
la piel del tiempo
a veces tiene forma de amor
a veces, de olvido.
Huella de mí
el tiempo vivido
mis palabras, concatenadas,
ambicionando una combinación inimaginable.
La indígena
HOJA DE VIDA
A mi nacimiento, en la capital de Baviera, el sol se eclipsó y dejó a oscuras lo que posteriormente solo recordaré a través de las palabras de otros. El médico actuó a ciegas y mi madre se quedó sin palabras. Manos y pies, todos desordenados, intentaban ver aquella criatura incierta que posiblemente se hallaba en el regazo del almidón, respirando con fuerza, produciendo ese ruido excepcional que se repite solo una sola vez.
Yo no sabía que el sol tenía más años que yo hasta que cumplí mis siete. Hasta entonces estaba convencida de que la luz que acompañaba mis juegos solo estaba porque yo la había invitado. Pero las noches se hacían cada vez más oscuras y el sol no acudió. Ahí supe que nada hubo de especial en mi nacimiento y devolví a mi madre las palabras que se había tragado en el parto.
Aliviada de la responsabilidad, me puse a estudiar las estrellas, segura de encontrar en ellas la ruta de vuelta a mi verdadero hogar. Nadie pudo acompañarme en aquel viaje solitario y me armaba con valor y determinación usando cada ocasión que se me ofrecía para ello. Así viajé a la India, con tan solo trece años, y aprendí a negociar con los hindúes mientras dormía amarrada a la espalda de cualquier tren que iba en dirección al Himalaya. La nieve se convirtió en mi nuevo guía de ruta y sabía, tan solo por escuchar las pisadas de botas pesadas, cuándo había pasado el último leopardo y a qué hora tenía que regresar. Esa destreza para con el arte del silencio hizo que unos monjes eruditos se fijaran en mí y pronto fui enviada a uno de sus monasterios en la cima de un glaciar. Ahí me hicieron aprender de memoria las mil y una claves del amanecer en una taza de té y poco a poco me fui recordando de cómo empezó todo.
La guerra que había estallado entre los pueblos de abajo no me pilló de milagro. Cuando emprendí el descenso de aquellas alturas que me habían albergado durante los últimos diez años, un olor penetrante a azufre y podredumbre me advirtió de que algo andaba mal. Por precaución, decidí esperar con mi descenso definitivo y pasar otros tres años en las vastas tierras del Amazonas. Un pueblo indígena que se había instalado a unos pocos metros del gran río estaba interesado en mi astucia con la pintura y me ofrecían un puesto dentro de su equipo de exploradores. Yo, con mis tan solo 24 años, no había aprendido aún a enfrentarme contra el veneno de las serpientes letales y, en cada una de nuestras reuniones, en donde hablaban en un idioma que no entendía de cosas que no me podía imaginar, se me empapaba la espalda de sudor frío.
Algunos de los lugareños no estaban de acuerdo con mi acogida y escupían encima de los dibujos que trataba de explicar sobre la arena. Cuando me quedé a la intemperie, sin más explicaciones y sin traer de vuelta ninguna presa, decidieron que tres años de mis servicios eran suficientes y me tenía que marchar. Yo les agradecí su hospitalidad y no llevé nada más que una hoja de la Victoria amazónica, una de sus plantas más grandes y hermosas. Me embarqué en una nave inglesa que había venido de paso por negocios.
Estas líneas las estoy escribiendo desde el escritorio tambaleante de una urca holandesa, ya que, desde mi embarcación a la nave mercantil inglesa, no he vuelto a pisar tierra firme y he estado viajando como pasajera extraoficial en todo tipo de barcos. Mi destino en estos momentos es incierto a causa de una tormenta que nos sorprendió anoche, cambiando nuestro rumbo sin poder nosotros hacer nada. Por suerte, nunca me quedo sin papel y tinta, ya que, al haber nacido en el eclipse solar, puedo ver las palabras que leo soñando y soñar los sueños que escribo leyendo. Mi futuro ya no está en las estrellas ni en la cima de un monte; he decidido remar y utilizaré la embarcación auxiliar si hace falta. Mi nuevo destino requiere de una participación excepcional.
Laura Trat
HOJA DE VIDA
Saludos a todos y muchas gracias por su flotante atención hacia mis erráticos versos. Nada me traería hasta ustedes, ya que no existe ni un solo minuto de mi anodina existencia que pudiera despertar el menor atisbo de interés en ningún ser que se haga nombrar humano; digo que no habría ninguna forma de que mi tediosa y vacua manera de enfrentar todas y cada una de las desabridas circunstancias que rodearon, que circundaron mis mediocres y perezosos actos, mereciera por sí misma acaparar la atención de la más necia inteligencia ni una sola décima de segundo del tiempo peor aprovechado y mejor perdido, si no fuera por mi estrambótica manera de nacer y, mismo esto, no llego a calcular si fue mérito propio o loco avatar de un destino desatinado. Señoras y señores, el único acontecimiento remarcable de mi infructuosa vida, y escúchenme bien, pues nada más tengo que contar, es que yo nací con un calcetín blanco bordado en mi pie derecho, al contrario que todo el mundo que nace desnudo.
Henar Hidalgo
HOJA DE VIDA
Yo, ella
Lamento a menudo
el quiebre interior
en otro instante
me sorprende
una fuerza arrolladora
detrás de la actuación
Mi mano ha sido
amante y generosa
mezquina en otras
ocasiones.
Palabras hirientes
han salido de mis labios
pero también las justas
que necesitaba alguien oír.
Avergonzada siempre
traté de enterrarla viva
Durante este largo camino
atisbo un perdón
le extiendo la mano
en aceptación.
Carmen Aros
HOJA DE VIDA
Hola, yo me llamo Manuel, el apellido creo que no hace falta. He aterrizado en la poesía porque, desde que me he jubilado ya hace cuatro años, necesito de actividades para mantenerme psíquicamente lo más en forma posible. En este tiempo he estudiado Física, que era una asignatura, nunca mejor dicho, que yo tenía pendiente; también piano, porque me fascinaba y me gustaba el sonido; lengua árabe, donde aprendí a leer textos en público; ajedrez, donde conocí a una chica encantadora…, y la faceta de escribir siempre la he tenido, y la poesía…, tengo mi casa llena de libros de poesía…
Y aquí viene el primer punto de inflexión (ya podéis ver que también me gustan las matemáticas, punto de inflexión, ¿verdad? ¡Y es que me gusta todo! ¡Hasta lo malo me gusta!) Y digo punto de inflexión porque, ¡socorro!, creo que voy a volverme loco… ¿la razón? Muy fácil. Hay tanta poesía por leer, tantas cosas por entender, por sentir, por hacerlas de uno mismo. Se me echan un poco encima. Además, yo que tan crítico soy con la gente, con la gente en general, porque me parece la gente estúpida y todo eso, no sé si a vosotras os pasa, a mí sí me pasa, gente que digo que es estúpida porque son fachas, vaya, o demasiado prácticos, o materialistas, o limitados, o referenciales, o insustanciales, o no interesantes…, pues claro, luego veo otra gente, que es la que a mí me gusta, y los veo, ya es diferente a lo otro, los veo a estos otros tan inteligentes, tan espirituales, tan inquietos, tan sabios y tan cojonudos y cojonudas, que, en ese otro jardín, ya digo, soy ahora yo el que me veo tonto, despistado, afásico (esto es un problema real mío, tengo una cierta afasia receptiva). Incluso me veo malo, envidioso, me hindo, me quiero ir, etc.
Tengo ya setenta años. Joder, qué putada, es mucho, una desgracia. Pero, de verdad, por favor, quiero ir hacia adelante, quiero moverme. Voy a la piscina. Leo, quiero escribir, quiero sentir y quiero ser. Quiero aprender a ser educado, uno no acaba nunca de aprender a ser educado. No quiero que me den arrebatos bordes, violentos, groseros. Quiero saber escuchar al otro. Quiero hablar con propiedad, de cosas interesantes, agradables de oír, aunque sean desagradables de sentir. Quiero aprender palabras nuevas. Quiero conocer gente. Quiero muchas cosas.
A ver, qué más… Como la gente acaba preguntando, voy a decir que estuve unos 38 años trabajando como ordenanza en un ministerio, primero en el de Educación, unos 19 años, y luego otros 19 en ministerios con denominaciones diversas, según el antojo de los políticos de diverso signo que les cambiaban los nombres. Os puedo asegurar que fueron 38 años de aburrimiento, de sometimiento absurdo, de mal rollo y de muerte, si cabe. Como se suele decir mal y pronto, una puta mierda de tiempo.
Tenía que obtener algo de dinero a cambio de tanta penuria, humillación y miserabilidad. Eso sí, en tal trabajo algo sí me organicé: me puse hasta arriba de leer. Creo que tengo una pizca de persona semiculta o incluso culta. Lo conseguí en ese desierto.
Si digo que estoy casado y que tengo una hija, creo que la «hoja de vida» está cumplimentada.
Podría lógicamente llenar miles y miles de páginas, pero tal y como se dice: «Lo dejamos aquí»
Ah, se me olvidaba: no creo en Dios. Soy de los que piensan que después de la vida no hay nada. En fin, una tragedia como otra cualquiera, o bueno, a lo mejor, no.
Manuel Díaz
HOJA DE VIDA
Escuché un barrer de hojas secas,
laten las despedidas y los encuentros.
El río de plata de los primeros años,
recuerdos que quedaron prendidos
a la parra de la abuela, al aroma de los tilos,
a tus rojos de beso y margarita.
La universidad, germinan pequeñas semillas que marcan el camino.
Construyo una tristeza pequeña,
una tristeza con plumaje de cóndor.
Caminando al tornasol de la tarde
la alegría de sentar, sentir y escribir un verso
templó mi corazón.
Escuché el tañir universal
de la voz de los poetas.
Luego llegó la dicha de la palabra dicha que
fue proponiendo una nueva patria.
Llegué a ti aterida y en piltrafas,
balbuceo de pequeña niña buscando el torrente,
buscando un nuevo transcurrir.
Permanecer en pasos de caminante.
¿Acaso la felicidad sea esa pequeña alegría?
Ana María Barletta
HOJA DE VIDA
¿VICTORIA O MARIVÍ?
Victoria ha sobrevivido a varias tormentas, quizá muchas que podrían estar escritas en su destino. De la mano de su psicoanalista ha producido nuevos territorios desconocidos en su vida, lugares a los que nunca habría imaginado llegar con sus propios medios (o como suele decirse, «ella sola, siendo autodidacta»). Los ha sostenido al principio con temor y con paciencia, aprendiendo con la incertidumbre del no saber hasta después.
Una vez plantada la semilla, descubre que el miedo era también una posibilidad de transformación: un velo que, al dejar al descubierto otra realidad, revela algo distinto de lo que su imaginación había construido antes.
Se ha introducido por los agujeros de posibilidad a los que el miedo le habría impedido acceder.
Ahora algunos dicen de ella que es valiente; sin embargo, ella solo ha podido pensarlo de sí misma cuando ya habían pasado las dificultades a las que se enfrentó. Ha vivido varias vidas, cambiando con la palabra el horizonte de su destino. Está agradecida y muy contenta por ello.
Siente esa dualidad de su carácter, de su personalidad o de su neurosis. Como buena Géminis, duda entre una cosa y su contraria hasta que, finalmente, toma una decisión… y tarda su tiempo.
Mariví es su nombre cotidiano: el hipocorístico de María Victoria, demasiado largo para una niña, y por eso la llamaron así desde pequeña.
Llegado un momento en que empezó a verse crecer se preguntó qué tal le sonaría el nombre de Victoria, como ese otro peldaño superior, pero otra vez el temor hizo que sólo en algunas situaciones lo utilizara, le empezó a gustar mucho tiempo después.
Del nombre María no quiso saber nada. Sólo una de sus cuñadas le sigue llamando Mari, y ella no pone resistencia. «María» le traía un mundo del que se despojó. Un nombre que la convocaba desde la virginidad y lo religioso, territorios de los que huye despavorida cuando algo de ello la acerca a ese mundo fabricado para quienes no pueden o no quieren salir del agujero sacrificial y represor, por miedo. En su historia neurótica pudo detectarlos como mecanismos dañinos para la sexualidad humana, mecanismos que dialogaban con su propia enfermedad neurótica.
Entonces vio en Victoria un significante poderoso para firmar sus obras pictóricas o su recién publicado libro de poemas «Nuevos tiempos». Ese nombre la afianza en la decisión de creer en ella, de salir del » yo no puedo» o del «no sé, no tengo».
Ha descubierto su ser sociable, aquello que antes tanto anhelaba y no alcanzaba por estar reprimido. Luego supo que la falta de palabras, la vergüenza, y el temor a los demás, como si fueran seres superiores, eran los fantasmas de la idealización del otro que se fueron diluyendo a medida de su saberse mortal.
Ella ahora pinta, lee y escribe, sigue su psicoanálisis que necesita para nutrir su inteligencia y sostener su salud psíquica.
Al participar en el grupo de poesía y en otros que descubrió al jubilarse e instalarse en la Adrada, como el de Artistas del Valle donde conviven pintores, escritores, músicos, ha producido otro tiempo: un tiempo para construir y tejer nuevas relaciones, un despertar a nuevas inquietudes y mantener una actividad mental y artística que es su territorio más preciado.
Mariví Ávila
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