LUIS CERNUDA BIDÓN

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LUIS CERNUDA BIDÓN

(Sevilla, 21 de septiembre de 1902 – Ciudad de México, 5 de noviembre de 1963) fue un destacado poeta, traductor y crítico español perteneciente a la Generación del 27.

Hijo de padre militar, se educó en un ambiente de rígidos principios. Ya desde pequeño se enfrenta a unos valores familiares muy estrictos.
El poeta se inicia en el arte de la escritura en sus años en el bachillerato, pero su verdadero nacimiento literario se produce en la Universidad de Sevilla donde conocie a Pedro Salinas, que ejercía de profesor de literatura, y que le orientó en sus lecturas: Fray Luis de León, Herrera, Garcilaso, entre los clásicos españoles, pero también la poesía de Rimbaud o Mallarmé y, principalmente, la obra de André Gide.

 

POEMAS DE LUIS CERNUDA

IMPRESIÓN DE DESTIERRO

Fue la pasada primavera,
Hace ahora casi un año,
En un rincón del viejo Temple, en Londres,
Con viejos muebles. Las ventanas daban,
Tras edificios viejos, a lo lejos,
Entre la hierba el gris relámpago del río.
Todo era gris y estaba fatigado

Igual que el iris de una perla enferma.
Eran señores viejos, viejas damas,
En los sombreros plumas polvorientas;
Un susurro de voces allá por los rincones,
Junto a mesas con tulipanes amarillos,
Retratos de familia y teteras vacías.
La sombra que caía
Con un olor a gato,
Despertaba ruidos en cocinas.

Un hombre silencioso estaba
Cerca de mí. Veía
La sombra de su largo perfil algunas veces
Asomarse abstraído al borde de la taza,
Con la misma fatiga
Del muerto que volviera
Desde la tumba a una fiesta mundana.

En los labios de alguno,
Allá por los rincones
Donde los viejos juntos susurraban,
Densa como una lágrima cayendo,
Brotó de pronto una palabra: España.
Un cansancio sin nombre
Rodaba en mi cabeza.
Encendieron las luces. Nos marchamos.

Tras largas escaleras casi a oscuras
Me hallé luego en la calle,
y a mi lado, al volverme,
Vi otra vez a aquel hombre silencioso,
Que habló indistinto algo
Con acento extranjero. .
Un acento de niño en voz envejecida.
Andando me seguía
Como si fuera solo bajo un peso invisible,
Arrastrando la losa de su tumba;
Mas luego se detuvo.
«¿España?», dijo. «Un nombre.
España ha muerto.» Había
Una súbita esquina en la calleja.
Le vi borrarse entre la sombra húmeda.

 

LAMENTO Y ESPERANZA

Soñábamos algunos cuando niños, caídos
En una vasta hora de ocio solitario,
Bajo la lámpara, ante las estampas de un libro,
Con la revolución. Y vimos su ala fúlgida
Plegar como una mies los cuerpos poderosos.
Jóvenes luego, el sueño quedó lejos
De un mundo donde desorden e injusticia,
Hínchenlo oscuramente las ávidas ciudades,
Se alzaban hasta el aire absorto de los campos.
Y en la revolución pensábamos: un mar
Cuya ira azul tragase tanta fría miseria.
El hombre es una nube de la que el sueño es viento.
¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño?
Sabedlo bien vosotros, los que envidiéis mañana
En la calma este soplo de muerte que nos lleva
Pisando entre ruinas un fango con rocío de sangre.
Un continente de mercaderes y de histriones,
Al acecho de este loco país, está esperando
Que vencido se hunda, solo ante su destino,
Para arrancar jirones de su esplendor antiguo.
Le alienta únicamente su propia gran historia dolorida.
Si con dolor el alma se ha templado, es invencible;
Pero como el amor, debe el dolor ser mudo:
No lo digáis, sufridlo en esperanza. Así este
pueblo inmenso
Agonizará antes, presa ya de la muerte.
Y vedle luego abierto, rosa eterna en los mares.

(Del libro: Las Nubes)

 

NO ES EL AMOR QUIEN MUERE…

No es el amor quien muere,
somos nosotros mismos.

Inocencia primera
Abolida en deseo,
Olvido de sí mismo en otro olvido,
Ramas entrelazadas,
¿Por qué vivir si desaparecéis un día?

Sólo vive quien mira
Siempre ante sí los ojos de su aurora,
Sólo vive quien besa
Aquel cuerpo de ángel que el amor levantara.

Fantasmas de la pena,
A lo lejos, los otros,
Los que ese amor perdieron,
Como un recuerdo en sueños,
Recorriendo las tumbas
Otro vacío estrechan.

Por allá van y gimen,
Muertos en pie, vidas tras de la piedra,
Golpeando la impotencia,
Arañando la sombra
Con inútil ternura.

No, no es el amor quien muere.

(Del libro: Donde habite el olvido)


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