ESCENA DE UN RAPTO

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ESCENA DE UN RAPTO

Al fondo de la sala,
en la cantata de Carmina Burana,
una mano con guante negro
salía como serpiente encantada
detrás de los asientos de la última fila.

Sigilosa, tapó la fuente de la voz
y sostuvo suavemente su cuello
como quien afina un instrumento,
aplicándole un mirlo recién nacido,
acto mágico que sus dedos heredaron
de los que ya no cantan.

La primavera estiró sus cuerdas
y el desertor, vencido por tanta belleza
alteró su temperatura
abandonando la inocencia.

Durante La corte del amor la mano negra,
extrajo del asiento
al que había huido de su propia voz,
como pájaro llovido,
sin aliento para entregarse
al vuelo sin red,
con su cáscara arrebatada.

En la taberna
el ritmo golpeaba en el cuerpo del vencido
y cedió por instantes,
doblándose al son de la música.
La mano negra sostuvo su angustia
como pájaro que cae en espirales por el aire,
o como cuerpo con fiebre de alcoholes,
y avanzaban entre filas
sin que nadie intuyera lo que pasaba tan cerca.

Ya comenzaba la sección Fortuna,
emperatriz del mundo,
cuando cubrió su tembloroso cuerpo
con la sábana que disolvería sospechas.
Entró por la fila haciéndose hueco
con medio cuerpo plegado a la altura de su bolsillo,
el otro medio como si fuera
la cola de su propio vestido.
Nadie dijo nada,
El público hipnotizado
mirando solo el escenario,
como si aquello formara parte de la trama.

El director, en el foso,
indicaba el compás de aquel desplazamiento
como pieza clandestina del acto.
El del guante negro ajustaba el bulto
que respiraba fuerte,
y, temblando de vergüenza,
se confundía con el vibrato
de la soprano.

La mano con guante negro entró en escena
dejando al descubierto al que temía su timbre.
El tenor, raptado de la última fila,
mirado con asombro por toda la sala,
tomó de sus piernas temblorosas
su dignidad perdida, la música lo reclamaba.

En Blanziflor y Helena,
el que había temblado en la sombra
y huido de su voz
sostuvo la mirada,
cuando la sala, estremecida,
le devolvía la vibración perdida
y su luz le volvía a reconocer.

La fortuna quiso serle fiel
y la sábana que lo cubría se quedó
con todo el sudor del miedo.

Comenzó a cantar desde
la nota más imperceptible.
Continuó subiendo tonos
hasta la nota que, por fin,
tocó las lágrimas de la lámpara central,
que se estremeció como si ella también
hubiera sido silenciada en su vibrato.

La lámpara, opacada tanto tiempo en su luz,
un suspiro de cristal
guardaba su temblor.
Al entrar la voz retornada,
como si su silencio hiciera ruido
se dejó tocar por el sueño
bajando su brillo por unos segundos,
como si en ese instante
algo se hubiera encendido por dentro,
hasta este despertar reflejado
que por fin la alcanzaba.

Mariví Ávila


ESCENA DE UN RAPTO

I
Las fuerzas del mal acampan
en la noche de la historia
Atraviesan los muros de la casa
arrebatan su cuerpo en sueños.

Mil lunas cruzan el tiempo.
El vacío anida en la piel:
sin rostro a quien reclamar
sin nombre a quien gritar.

Pasos congelados.
Huella indeleble
Recuerdos grabados
Ilusiones en cajas
Vivientes,
anestesiados
sin palabra.

Confuso el porvenir.

Pero su cuerpo late
en el corazón del inframundo.
Como león enjaulado, su alarido
estremece las entrañas de la tierra.

Los espasmos producen sismos,
los mares se alzan.

La creación entera clama justicia
Y la noche herida esculpe una estrella.

II
Frente al mar sereno
el aire en sus mejillas
la sal en su piel.

Conmoción en las entrañas.
Silencio.

Una Presencia indescriptible.

Arrebatada
siente el vértigo del abismo

Confusa
y extrañamente a salvo

La voz la invita.
La sed de entonces se sacia.
El misterio la abraza
abre sus sentidos

El deseo
Invade su cuerpo.

Nada lo explica.

El hallazgo la trasciende
arrebatada del tiempo
y del espacio

De pronto, la sombra
arrastra su confianza

Desciende
atraviesa la tierra hasta su centro
cavernas habitadas
infiernos enterrados
miradas suplicantes
que desnudan
un destello de esperanza.

El llanto moja su cuerpo
aclara la mirada.

Un espasmo la despierta.

Y el mar
la reclama.

Maria Julia Ardito


ESCENA DE UN RAPTO

En la escena del rapto
estaba la gallina
la madre de la gallina
la ambición desmedida
y un médico de guardia.

El médico informó
la gallinita ha expirado.

Así comienza esta historia:
en aquella granja
aquella familia era muy reconocida
todos alababan la proeza de su gallinita
al producir huevos de oro.

Como ninguno estaba de acuerdo
que esos huevos se dejaran de producir,
hicieron un altar a la gallinita,
la gallinita tenía hermanas,
ninguna tenía tanto el amor de la mama gallina
como la gallinita de los huevos de oro.

Sus hermanas para hacer feliz a mamá y a papá
también cuidaban mucho de la gallinita de los huevos de oro.
Procuraban no despertarla si dormía,
sí necesitaban un milagro, a la gallinita rezaban.
Como no cacareaba
pensaban que era una santa gallina.

La gallinita no podía sostener su cabeza
por su extraña condición.
Aquellas inocentes criaturas
imaginaban que la gallina asentía
cuando se le interrogaba.
Si necesitaban un vaticinio del futuro
lo preguntaban a la gallinita.
¿Gallinita, venderé muchos huevos hoy?
La gallinita dejaba ir su cabeza hacia adelante
Por su falta de equilibrio.
Imaginando este movimiento como un sí,
salían a la faena con el mayor de los entusiasmos.

Por eso,
Cuando el médico de guardia
Informó que la gallina
después de una fiebre rara
había expirado,
La mamá gallina, no lo pudo soportar.

Tirose sobre ella y entre gritos agónicos
le trataba de resucitar,
pensaba en el establo,
las cosas que necesitaban,
la fama que tenían en la granja.
Y no, no la dejó partir.
La raptó de la muerte.

Ahora viven juntas
inseparablemente.
La gallina de los huevos de oro
sigue dando los huevos de oro.
Pero ella, la mamá gallina
la de la ambición desmedida,
día a día
noche a noche
se va pareciendo
cada vez más al santo del pueblo
aquel que fue tallado en piedra
aquel inamovible
mudo, pálido,
sin ninguna vida para poder vivir.

Arelis Juarez


ESCENA DE UN RAPTO

Vidrio roto sobre asfalto duro,
silencio,
frío e inmóvil
el mundo extraño,
amenazante, inaccesible,
un lugar vacío.

Quedado atrás.
Un escalofrío helado se extiende
ante el pensamiento
de que una parte no sigue adelante,
que no puede levantarse.
¿Dónde?
En algún lugar,
entre jirones de nubes anaranjadas
y luces de neón parpadeantes,
bajo neumáticos que chirrían
y callejones laterales,
un olor que de dentro hacia fuera,
que de aquí hacia allá fue llevado.

Y la pregunta,
la pregunta en todas partes,
aplastante y pegajosa la pregunta;
¿dónde exactamente?

Laura Maria Trat


ESCENA DE UN RAPTO

Me llevo a una mujer
Para sembrarla en mis tierras.
Que florezca entre hojas y frutos
Que se nutra de hojarasca seca.

Sus senos brotan tibias mieles,
Suave pluma de cisne son sus labios,
Flor sésil es su cintura abierta al sol.

Taciturna y apremiada
Da hijos,
Remueve las semillas,
Y espera muda el llamado de dios,
Su consuelo es la libertad que le promete,
El cielo abierto que le anuncia.

Me llevé a una mujer
Fuente de todas mis verdades,
La mire callado como a flor solitaria,
Como a infancia perdida,
Sábanas blancas y túnica amarilla.

Rapte a una mujer y la hice mía,
Como mío es este huerto
Y los arrayanes,
Como mía es la cabra, su monte y el valle.

La perla de la noche fue testigo,
Pero también su padre y madre
Plañideros del silencio
Atónitos, petrificados,
Sin guardia y con sueño,
La pusieron en mis manos, mansos, famélicos.

La media noche cubrió mi rastro,
Nada quedo de mi paso,
Escamada y umbría yace mi mujer,
¿Con que soñará?
¿Con el infinito y sus rincones?,
¿Con juncos dorados?,
¿Honestas flores blancas?,
O ¿Con su hombre amado?

LïzRA


ESCENA DE UN RAPTO

Transito la tarde,
el càrdeno color de las nubes,
el día que no quiere morir, obstina su rescoldo
sobre los cristales de los edificios.

Transito la tarde,
los gorriones del ocaso
se aturden de besos.
Haber atardecido con corazón de gorrión,
pico, pluma y empecinamiento de nido.

Haber amanecido en un rapto de sueño.

Haber amanecido con corazón de arena
que musita piel de milenios.
Haber amanecido, cuando
el mar humedece mi cuerpo envejecido de historia.

El sonido del despertador
como una grieta en el sueño.
En un rapto de versos esta noche
escribí este poema.
Fui el color cárdeno de las nubes,
gorrion enloquecido, arena tibia.
Convertí la mañana en la urgencia de escribir
la escena de un rapto.

Ana Barletta


ESCENA DE UN RAPTO

Salió con la muñeca vacía de relojes,
la desnudez asediaba al barrio,
a las horas de la intemperie
donde los gatos gritan a la luna.

Algún visillo lo vio pasar
intuyendo su delgadez,
que puso piernas de alambres
a su raquítica existencia.
Reconocía el asco como
su único sentimiento humano,
asco pegado a su cara con
un sudor nauseoso,
asco en los espejos
que reflejaban su miedo.
El silencio arrastraba
un pasado por los pasillos,
su padre murió asfixiado
por dos mujeres antiguas.
Su condena prescribió,
las puertas nunca se cerraron,
lo supo cinco años después,
caminando con su hijo.
En el buzón grabado el nombre
de su madre y de su hermana,
epitafio de una casa
con la boca abierta.

El portal de aquella casa,
continuaba gritando a los gatos,
pero él saltó por la ventana,
donde su madre tejía
para olvidar aquel rapto.

Mónica Herrero


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