AQUELLA FRAGANCIA ORIENTAL

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AQUELLA FRAGANCIA ORIENTAL

Llegó con las golondrinas anocheciéndole el pelo,
el aire de las especias delataba sus pasos,
maestro de los abismos,
volvió con las multitudes
y con tierra en los zapatos.

Tierra de tumbas equivocadas,
las manos llenas de tiza
volvió con teoremas anticipados
de poetas, magos y artistas.

Renacimiento con chaqueta de verano,
asomándose a vértigos inocentes,
queriendo tocar las alas del cielo,
antes de pisar algún teatro.

Entrando en jardines orientales,
con las alturas colgadas al sol,
espectro ruidoso como una carcajada
vibrando en el silencio,
va arrastrando las sillas
que cambia de posición,
en casinos calculados.

Le siguen buscadores de verbos prematuros
en antártidas cercanas,
que aprenden a puntuar las ies,
en la lengua de los dromedarios.

Transitando por bocas de regiones
a las que se llega hablando,
la voz crece en los puentes
que comunican los valles.

Mónica Herrero

 

 

AQUELLA FRAGANCIA ORIENTAL

Intensa,
sensual,
Envolvente.

Dejas tu huella.

Desiertos,
valles,
montañas
se abren a tu deseo.

Mirada de olivo.
Piel canela.

Cuerpos furtivos
anidaron tu herida.

Incienso,
mirra,
ámbar:
resto de una pasión que insiste.

Rosa en la sombra
que sabe del abismo.

La condena marca tu frente,
abierta a la ilusión.
Tus manos
reclaman perdón.

Tus pies
afirman justicia.

En gesto arriesgado
quiebras la escena.

Desborde y exceso
impregnan la casa.

Silencio, testigo
del rito nupcial.

Asciende el perfume:
erótica culpa,
deseo,
redención.

En llanto, embriagados,
cuerpos ungidos
consagran el instante
de agónica unión.

María Julia

 

AQUELLA FRAGANCIA ORIENTAL

Sufrí un desdoblamiento en mi pequeño cuerpo
un mandato que caía sobre mí como asteroide fósil
dispuesto a reescribir mi destino.
Me retorcía dentro de mí hasta sentir mi alma
desprendiéndose como corteza caduca.

Accedí a un plan diabólico donde la sangre
era la moneda en curso para un nuevo cuerpo,
hambriento como un Drácula al caer la noche.
Desperté a un ejército de demonios
que llevaban siglos encerrados injustamente
en los sótanos de la era de acuario.
Quise liberarlos y su portavoz me hablaba así:
A veces no sé si es madera o incienso
lo que despierta en mí una ancha ambición:
este aroma cálido de Oriente que aviva mis sueños
como un presagio que me agita por dentro.

En el templo vacío resuena su eco,
cuando acudo a la cita de los domingos,
y desde el púlpito —alto como un vigía—
espera la palabra que no me atrevo a pronunciar.
En ese silencio, en esa soledad que pesa como un desierto
callo las súplicas contra
semejante violencia sin nombre,
esperando la justicia de Dios.

Convertida en guardiana de una conjunción de soles remotos,
los que esperan su primavera arrebatada
y dejaron piedras negras,
en el fondo de los abismos,
les concedo su incendio invocado desde siglos.

Fui la encargada de subirlas al alto cielo,
alzarlas como banderas de un reino olvidado,
y ahora disfrutan su libertad concedida.
Lástima de esta danza con olor a sangre
que nadie comprende.

Hay una colina donde se mueven figuras pequeñas,
peones que avanzan temblando sin saber su destino.
Yo los nombro como si ya vivieran en el futuro:
tizne, hollín, carbonilla, despojo.
Los llamo como a perros flacos
para que no olviden la raíz que los condena,
llevan la semilla del mal, y esa será su tierra,
tumba sin madera, su destino final.

Soy una centinela más de la podredumbre,
ante la estela de ese perfume oriental
que adormece a mi pueblo y lo confunde.
Traigo nuevas leyes sin ley,
forjadas en el fuego sagrado de la venganza;
nuestro Dios las puso en mis manos
y vengo a explicar su propósito.

Dicen que fueron creadas
para detener al portador del aroma
que confunde a nuestro valiente pueblo,
pero yo solo escucho el murmullo del incienso
y la respiración de la madera.
Observo cómo la fragancia
se disuelve en el aire
como una profecía que debe ser demoler,
extinguida para siempre.

Mariví Ávila

 

 

AQUELLA FRAGANCIA ORIENTAL

Las tormentas de arena alzan, como cortinas,
la historia de mi primera noche,
noche en el desierto,
solitaria, rodeada de incontables minerales.

No temo el silencio aquí,
pues hasta la más pequeña hierba
habla con el viento,
se inclina hacia él,
forma parte del mundo,
como yo deseo serlo.

El cielo tan amplio,
un manto que disfraza mis sentidos
y me adorna con polvo y estrellas.
Aquí puedo yacer y callar
como un grano en medio de un mar pasado.

Desde todas las cuevas y tras cada recodo
surgen recuerdos,
espíritus de niebla de un reino desaparecido.
Pasan junto a mí como barcos,
con sus velas de brillo verdoso,
y me muestran la sensualidad
de una noche lejos de la ciudad.

En ningún otro lugar que aquí, en el desierto,
he recibido aromas tales
que el mundo se me revela
como una rosa en flor
contemplada en el momento preciso.

Laura Trat

 

 

AQUELLA FRAGANCIA ORIENTAL

Aquella fragancia oriental rebosa sobre el misterioso agujero negro de tetera ricamente ornamentada en rubíes, nácar y ámbar, ostentosamente ribeteada de hilos de oro rojo anudados cual anhelos de enamorados que jamás se sienten correspondidos, sobre base de plata antigua, que en vez de brillo de luna en noche clara, semeja ese rayo argénteo que penosamente lucha por traspasar la densa niebla, tan densa como ese corazón herido de muerte de tan solo amar y esperar al amigo, en lecho desnudo, sin poder llegar a ser consolado.
Me tuviste, te tuve, nos tuvimos, pero ahora recorro los caminos sin rostros en una oscuridad tan profunda que ni mí misma sombra osa acompañarme.

Henar Hidalgo

 

 

AQUELLA FRAGANCIA ORIENTAL

Velo afrutado flotando al aire,
Suave en mí respiro,
Fisga en mis adentros,
Yace en mi cuerpo.
Su hechizo insufla un deseo,
Cálido y tranquilo deseo,
Pasmo áurico,
Magneto de almas.

Aleteos de miradas,
Recorren, palmo a palmo el cauce del agua,
Pliegues y telas místicas,
Levitando en el mundo,
Sinuosas, armónicas, pausadas
Badanas manchadas de sudor,
Crujientes y arrogantes,
Clamos de placer fundidos con la noche,
Sofocantes, hipnóticos, sensuales.

Aquella fragancia oriental
Me embriaga, seduce mi espíritu,
Arde en mí, hurga en mi tierra.
Saja lazos blancos de mi piel,
Ataja mi virtud enmudecida.

Bestia babeante lame estigmas de mis manos,
Cae entero en mis entrañas,
Mortal y vulnerable soy,
Diome el fuego
Desafiamos a los dioses.

Silenciosa, cadenciosa,
Mujer alada,
Suavizo con mis tactos a los zafios
Envueltos de mí, desarmados,
Estalla simplificado el corazón
Arremangados todos entre umbrías de seda roja,
La guardia baja,
Caemos en las fauces del amor.

LïzRA

 

 

AQUELLA FRAGANCIA ORIENTAL

Aquella fragancia oriental.
El bosque tuvo parte en el acontecer,
cada árbol envolvía su misterio
su corteza, representaciones talladas.

Su andar era como en un laberinto.
Los árboles guiaban el camino,
La incertidumbre como una nebulosa.
Incitándole al paso, lento, sin prisa.

Suave es el andar sobre las hojas.
Las horas se acarician
si se aprende a vivir.
No te detengas, no te detengas.

Por el aroma de la resina
se acercó al árbol.
Yo soy el misterio, la historia
y la esencia del aroma -dijo-.

Arelis Juárez


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