UN HUÉSPED TENEBROSO

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Pintura: Duendecitos. Francisco de Goya.

UN HUÉSPED TENEBROSO

En las tonalidades del negro
En el subsuelo de la vida,
Habita un huésped silencioso.

Emana frases, pegajosas, intensas frases,
Dislocadoras, en busca de oídos que las hagan vivir.

Es un huésped tenebroso,
Alimentado de decidías y dudas,
De lo postergado, de lo hecho a un lado.
Aunque deseado,
Como anhelos desechados,
Como ganas asfixiadas,
Como la firme visión de no valer.

En esa cueva inexplorada y profunda
Se ha hecho un pacto con el negro,
Trajo a la luz neblinas ligeras,
Tiernas lloviznas,
Agitados vientos
Amables ventiscas.

La luz acaricia al huésped tenebroso,
Le abraza, le hace respirar,
Le consigue un asiento vibrante,
Donde ven la vida pasar.

LïzRA

 

HUÉSPED TENEBROSO.

Nada en esa casa antigua
me reconoce.
Los nuevos dueños
dejan su olor en las paredes.
En un pueblo lleno de fantasmas,
donde los visitantes ponen alarmas
que sólo detentan
la materialidad de los cuerpos,
las sutilezas pasan desapercibidas.

En las casas oníricas conviven
en habitaciones límbicas,
anacrónicas, tenebrosas,
huéspedes asombrados
de sus nuevos cuerpos.

Fundido a blanco:
escenario de nieve
inducido por el
éxtasis de visiones proféticas.

Crisálidas con luces
en la biblioteca de los cuerpos,
los préstamos se cuidan
en vitrinas atemporales.

Las vidrieras
despiden destellos de neón,
en el interior
de ventanas de doble hoja,
para mirar a la luna.

La música electrónica
del desierto mueve
las placas de hielo.
La montaña siente
la danza de los maoríes,
la tierra de una sola piel,
se estremece con el roce.

Somos huéspedes
de un planeta amable,
contrato simbiótico
indefinido…

Deshabitados de nosotros,
deshabituados de los otros,
cosificados por un dios artificial
en una era de naturaleza tenebrosa,
de criaturas pálidas
mamando leche de amapolas,
dormidos en el deseo materno.

Mónica Herrero

 

UN HUÉSPED TENEBROSO

Un huésped tenebroso se coló en mi casa.
Abrí los postigos, puse alfombra roja,
Me hinqué de hinojos y le supliqué
Que me infligiera todo el tormento
Del que fuera capaz.
No vaciló ni un solo instante,
Sus tinieblas opacaron mis centellas,
Tuve que prostituir mi voluntad.
Mi ser humano se constreñía, se angostaba,
Se atoraba en embudos de agonía.
Mi huésped medraba ávido, voraz
Se sabía irreductible,
Tanto que colocando su huesuda mano,
Colocándola en mi cerviz
Pretendió que exalara mi último hálito.
Con grandes medallones bermellos,
De pura vergüenza,
Olía mi propio deceso.
Entonces una poderosa cadena humana,
Rápida y fuerte como un tren,
Me asió de los cabellos
Y consiguió reducir a mi pestilente huésped.
No todos los cuentos
Deben tener un final triste.

Henar Hidalgo Riol

 

UN HUÉSPED TENEBROSO

Dentro de mis sueños
siempre camino hacia un hermoso lugar.
Camino sin descansar, no tengo prisa,
mis piernas cansadas, no pesan.
Vivo recuerdos que no perdí y que despierta
no vienen a mi encuentro.
Dentro de mis sueños soy un huésped tenebroso
que se detiene en la esquina de una calle silenciosa,
me susurran los reflejos de otro tiempo
como sombras danzando en mi centro.
Mis ojos abiertos y cerrados a la vez
buscan encontrarse con los tuyos…
Pero solo escucho tu risa fuerte, ¡Muy fuerte!
Y me invitas a quedarme.
Tu sonido es como un remanso de paz y felicidad.
Por la mañana, en mi mente
tu risa de nuevo se desvanece,
las paredes de mi cuarto se estremecen
porque ven a través mío tu figura.
Hasta el próximo sueño, aquí te espero:
De este lado del camino…

Dolores Granados.

 

UN HUÉSPED TENEBROSO

I

Luz del mediodía en esferas de bruma,
envuelto en un paño antiguo
el día, pálido y casi ido,
reposa embriagándose.

Tiembla el sol
tras mantas de neblina,
envuelto y entretejido,
en silencio yace el campo seco, tendido.

Aves se alzan pesadas,
vagan inmersos en velo espeso,
un ala deslizado bajo la piel,
mareada, cautiva del brillo de la altura,
yo,
permaneciendo, adormecida,
envuelta en la luz del mediodía,
y siento crecer las alas
en la vigilia, en el sueño.

II

Juntos vivían
al borde del mundo,
una cristalina boca torcida
que no alimentaba a nadie.

Peces hinchados vagaban
inquietos en su laboratorio
fosforescente,
separados por un abismo incalculable.

Alguien se puso a leer
y murió el silencio.

La emanación del otro lado
parpadeaba,
parpadeaba su órgano maldiciendo,
llenando la atmósfera de bruma cerebral.

Un canto estalló.

En mitad del campo corroído
estrangularon a un jinete
y su caballo lo vio.

No puede estar tan lejos
anda buscando a su amo
y fui yo la primera
en enseñarle a cabalgar.

Laura Trat

 

UN HUÉSPED TENEBROSO

Un huésped tenebroso se ha instalado en la ciudad, es un huésped sin cuerpo, es un huésped que busca cuerpos para poder existir a través de ellos.
Es una especie de virus que infecta a las personas por medio del contacto físico. Permanece en las cosas, en la piel, en la comida.
Las personas para no contagiarse evitan acercarse unas a otras. Evitan a las personas que no son de su entorno pues no tienen la certeza en sus cuidados y prevención de la infección del virus letal.

Cada vez son más las personas que se contagian y para evitar el peligro las personas instalan sus viviendas en terrenos inhóspitos y protegen a sus animales asimismo del contacto físico con personas ajenas a sus núcleos.

Mientras el virus se fortalece, los médicos han empezado una labor titánica para salvar a los infectados y la ciudad empieza a convertirse en un campo de guerra. El contagio es casi inmediato, la lucha es de vida o muerte. Los que ya están infectados no están dispuestos a ceder y proteger a los que quedan libres del tenebroso virus.
Los químicos, farmacéuticos y especialistas en su lucha por encontrar la fórmula contra este mal, no pueden descifrarlo. El virus es inobservable, pero destruye las capas celulares, es un virus enmascarado, parece que quiere colaborar, cuando están por descifrarlo, adquiere nuevas formas de expresión.

II

Cuando todo está destruido
la única posibilidad es poética.
Miguel Oscar Menassa

La ciudad despierta, el sol asoma por las rendijas y la luz se filtra en las casas. Es de mañana, las casas con sus habitantes empiezan a despertar.
Los habitantes y sus sombras. ¿Qué son las sombras? Las sombras no tienen personalidad. Las sombras son resquicios del pasado?
El pasado vuelve y a veces atormenta a los débiles.
Los débiles no pueden con el virus.

Algunos prefieren infectarse, creen que si se infectan crean un sistema de defensa. Se parece a los que dicen que si no puedes con el enemigo, únete a él.

El virus ahora adquiere su expresión como un color, los que están contagiados, lucen anaranjados…

La hindu.

 

UN HUÉSPED TENEBROSO

Con voz de vocal chamuscada
cuando su afilada baba desciende
en torbellinos de negros tulipanes,
adquiriendo del sepulcro la mortecina
desnudez de un paladar sin cielo,
viste su traje de pastor
de rebaños de infiernos,
de aguas hirvientes,
de manantiales de topacios cubiertos de arañas.

El extraviado exhibe la lujuria desviada
de su edad adulta
hacia la isla del hielo en el confín del mundo,
donde se blanquea la leche materna
en profundidades de azufre.
Allí murmuran los halcones gerifaltes
ante la sombra larguísima y retorcida
de las fieras forasteras.

La sonrisa se le volvió eco del alma
al loco burlón,
como hipopótamo obtuso
en su pétreo crepúsculo,
queriendo evitar lo que vive
en su sinfonía del mal.

Arrastra almas opacas
hacia la fisura de la crisálida de Narciso.
No muere de infancia:
cae en cascada negra
cuando su tío vivo no puede impedir
la propia muerte.
Se balancea en los brazos del aullido escarlata,
por la peste de su vestidura espinosa
que sus monedas no han salvado
de la penumbra manchada de rojo.

Pero duerme solo.
La noche le mancha la cáscara fría
de su baba amarilla,
mientras los muros se inclinan a su paso
y los relojes se rinden retrocediendo hacia la caverna.
La fiebre del arroz tiñe su frente
de rojo carmín,
produciendo sueños de tinieblas para todos.

Cuando juega a avellanar
el canto de la vida
sus lágrimas negras no existen
sino en los pozos petrolíferos
de sus ancestros.
Allí va a poner flores sin pétalos
sobre los cuerpos de los pequeños bebés recién nacidos.

Mariví Ávila

 


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