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Selección de poemas 2023.04.13

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Este vez conocimos al poeta cubano Eliseo Diego. Para conocer más sobre la vida y obra de este autor, recomendamos la lectura de la revista Poesie mas Poesia número 152.

SOBRE ELISEO DIEGO
Traducir poemas de grandes poetas rusos, soñar despierto, engañar al tiempo, hacer que dure un poco más su eco,… no hay ninguna fuente sagrada inaccesible, la belleza del mundo no está perdida para el que mira, todo forma parte de la vida de aquel que participa. Eliseo Diego es un ejemplo. Se adentra en cualquier neblina, en cualquier misterio dejándose guiar por su amor inagotable a la tierra y a los seres vivos. No cesa en acercarse más, no duda en observar las pasiones humanas y las toca, las absorbe, las contiene, goza con lo que tiene por delante, con lo que todos tenemos. La intriga del novato al que nada le es ajeno, pero que todo lo ve por primera vez. La emoción de un fabricante de juguetes de niños, el país de las maravillas en esta piedra, solo hay que agacharse. Eliseo Diego ha encontrado una entrada a la vida, entrada que no caduca: el asombro eterno. Desde ahí goza sin temor, satisfaciendo su necesidad de crear, trasladando los enigmas diarios a la palabra. Su fuente es inagotable y está en cada uno de nosotros: la nostalgia, el bosque, el paraíso de la infancia, una finca en un pueblo de habana, reuniones familiares y amigos poetas. Dejarse maravillar es un arte de vivir primario e intuitivo, pero hace falta poetas y poemas como las de Eliseo Diego para engancharse y para volver a sentir que no hay nada más fantástico que la realidad.

Laura Trat (integrante del taller de poesia)


VERSIONES

La muerte es esa pequeña jarra, con flores pintadas a mano, que hay en todas las casas y que uno jamás se detiene a ver.

La muerte es ese pequeño animal que ha cruzado en el patio, y del que nos consuela la ilusión, sentida como un soplo, de que es sólo el gato de la casa, el gato de costumbre, el gato que ha cruzado y al que ya no volveremos a ver.

La muerte es ese amigo que aparece en las fotografías de la familia, discretamente a un lado, y al que nadie acertó nunca a reconocer.

La muerte, en fin, es esa mancha en el muro que una tarde hemos mirado, sin saberlo, con un poco de terror.


EL VIEJO PAYASO A SU HIJO

1
Avanza ya, hijo mío, desde el vano
donde los pliegues de la recia púrpura
ocultan la impudicia de las máquinas
—tan útiles, es cierto—, el abandono
de los grandes telones que han colgado
como pájaros muertos en el polvo; avanza
desde la sombra y haz tu reverencia
como si nunca fueses a volver.

2
Estás en medio de la luz: enfrente
se abre el enorme golfo de tinieblas
donde hay alguien sin duda que te acecha
con sus mil ojos ávidos. A veces
lo oirás toser, reír como a hurtadillas,
estornudar quizás, estremecerse; nunca
lo vas realmente a ver. Inclínate,
pues, como caña al viento: pero cuida
bien el dibujo de la curva: todo
es arte al fin.

3
Y ahora,
¿qué vas a hacer? Te has escapado
definitivamente a mis desvelos, y casi
como si fuese yo también el leviatán sombrío
te miro ir y venir sobre las tablas, pero
con una irrestañable aprensión.
¿Estás seguro
del peso justo de las bolas
que libraste a los aires?
Y los peces,
quizás juzgaste mal su humor extraño
y cambien luego de color.
Desastres,
minúsculas catástrofes, quién sabe
qué más.
(El invisible
no tuvo ayer piedad).

4
Pero mañana,
cuando las viejas barran a conciencia
el poco de hoy que queda en las colillas
por todo el ancho espacio desolado
donde no hay nadie nunca: ¿importará
el trueno de la gloria o el silencio
del papel arrugado en una esquina
bajo el polvo de ayer? Nadie lo sabe.
Y sin embargo,
es necesario hacerlo todo bien.


TESTAMENTO

Habiendo llegado al tiempo en que
la penumbra ya no me consuela más
y me apocan los presagios pequeños;

habiendo llegado a este tiempo;

y como las heces del café
abren de pronto ahora para mí
sus redondas bocas amargas;

habiendo llegado a este tiempo;

y perdida ya toda esperanza de
algún merecido ascenso, de
ver el manar sereno de la sombra;

y no poseyendo más que este tiempo;

no poseyendo más, en fin,
que mi memoria de las noches y
su vibrante delicadeza enorme;

no poseyendo más
entre cielo y tierra que
mi memoria, que este tiempo;

decido hacer mi testamento.

Es
este :les dejo
el tiempo, todo el tiempo.

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