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Selección de poemas destacados 05,03.2023

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LÍMITE UNO: EL AMOR

Recuerdo
tu vientre de pantera
destrozado.
Mis dientes.
Tus garras
hechas cenizas en mi rostro.
Tu ferocidad perfecta detenida
en mi belleza perfecta.

Recuerdo el agudo violín
entre tus piernas
sexo desesperado,
intentando
los sonidos del cielo
tensando infinitamente
hasta no poder más
tu cuerpo en el espacio
para alcanzar
los bordes de mi voz.

Yo cantaba
como si fuera natural
en el hombre cantar.

Registrar lo sublime
y tu música
alta como las cumbres
que nacen
por encima de las cumbres
nieve dolorosa y eterna
tu música
se detenía para caer
sinfonía final
descuartizada bruscamente
tragada por el temblor
oscuro de mi canto.

Yo tocaba el tambor
y la volvía loca.
Cuando se volvía loca
y no le importaba
ya la música
se perfumaba para mí
y conversábamos
de lo difícil que es cantar.

Bebíamos alcoholes
bebíamos alcoholes y fumábamos
lentamente nuestras miserias.

Ella me decía y yo le decía:

Quiero inundar
con mi locura el universo.

Y más allá ¿qué harás?
después del universo.

Ella se quedaba en silencio
y yo le decía:

Esta mañana te hizo mal jugar
a ver quién llegaba más alto
con su canto.
Le acaricio la frente y le digo
ni te llegué a ganar
dejaste de jugar a lo sublime
asustada por el temblor
de esos tambores de la selva,
sonando en pleno cielo.

Ella hacía una mueca
y yo me quedaba en silencio.

El viento rozaba
levemente nuestros cabellos
y ninguno de los dos
conocía el desenlace.
Cuando no sabíamos qué hacer
fumábamos
y era divertido cuando fumábamos
ver cómo el humo
formaba a su alrededor,
delgadas columnas de cristal
varas finísimas
de mimbre y de marfil
para que su cuerpo
tuviera esa presencia
iluminada y cantarina
y a la vez esa lejanía.

Ella me decía y yo fumaba,
para que no faltase el humo
en la construcción de su grandeza.

Cuando fumamos
te pones como un idiota,
no haces otra cosa que mirarme
y me avergüenzo
y deseo escuchar
el estallido de mi deseo
y te veo ahí
tan callado en tus ojos
y soy atrapada
por el leve murmullo de tus versos
como cuando jugábamos esta mañana
a lo sublime y no lo puedo creer.

Dime ¿quién eres?
la calma del mimbre
o la belleza del marfil.
Orangután sin voz
o cristalino
canto inolvidable.
Y se agarraba la cabeza
con las dos manos
y se zambullía en mí
como en el mar
gritando
almeja delirante
no puedo más.
Se retorcía en mi vientre,
buscando pez compañero
divinidad marítima
que le mostrara
los secretos del mar.

Se alimentaba con mi semen
y a ratos
levantaba la cabeza para decir:
Todo es hermoso. Gracias.

Yo
iba saliendo de mi sopor
como podía.
Ella
acurrucada pequeña
grandiosa en mi vientre.
Su belleza perfecta
detenida
en mi ferocidad perfecta.

Yo le decía
mientras ella agonizaba:
Ahora que estás muerta
quiero que bailes como bailan
los peces en el mar
las noches que lo poético
invade sus entrañas.

Ahora que estás muerta
quiero que bailes para mí
una danza de amor
y nada de vuelos nocturnos
hoy
nos quedaremos
a dormir en casa.

La sacudo
para que abra sus ojos
la levanto en mis brazos
y la tiro contra el techo
de la habitación
y ella
cae varias veces
pesadamente al suelo.
Se terminó el juego
me digo
ella está muerta.

Y comienzo a buscar
con mi boca en su cuerpo,
el diamante perdido.
Y sus movimientos
vuelven a ser como de camelias
y frente a mi sorpresa aúlla
y en ese aullido
toca los confines del cielo
y esta vez lo sé
no habrá poema
que contenga ese grito.
Cuando volvía,
despeinada y maltrecha
me decía:
Eres un tonto
me veías volar y ni siquiera
intentabas alcanzarme.
Así cualquiera vuela alto.

Cuando volaba,
te veía sobre la cama esperándome
y cada vez más alto
me volvía más loca.
Inmensidad cerca del cielo
en esa soledad más que gozar,
el espanto se anudaba en mis ojos
y aterricé rápidamente
y ahora te prometo
volar siempre contigo
y en ese gesto
una vez más
moría.

Miguel Oscar Menassa

CUERPO DE AMOR

Volcado sobre ti,
volcado sobre tu imagen derramada bajo los altos
álamos inocentes,
tu desnudez se ofrece como un río escapando,
espuma dulce de tu cuerpo crujiente,
frío y fuego de amor que en mis brazos salpica.
Por eso, si acerco mi boca a tu corriente prodigiosa,
si miro tu azul soledad, donde un cielo aún me teme,
veo una nube que arrebata mis besos
y huye y clama mi nombre, y en mis brazos se esfuma.
Por eso, si beso tu pecho solitario,
si al poner mis labios tristísimos sobre tu piel incendiada
siento en la mejilla el labio dulce del poniente apagándose,
oigo una voz que gime, un corazón brillando,
un bulto hermoso que en mi boca palpita,
seno de amor, rotunda morbidez de la tarde.
Sobre tu piel palabras o besos cubren, ciegan,
apagan su rosado resplandor erguidísimo,
y allí mis labios oscuros celan, hacen, dan noche,
avaramente ardientes: ¡pecho hermoso de estrellas!
Tu vientre níveo no teme el frío de esos primeros vientos,
helados, duros como manos ingratas,
que rozan y estremecen esa tibia magnolia,
pálida luz que en la noche fulgura.
Déjame así, sobre tu cuerpo libre,
bajo la luz castísima de la luna intocada,
aposentar los rayos de otra luz que te besa,
boca de amor que crepita en las sombras
y recorre tu virgen revelación de espuma.
Apenas río, apenas labio, apenas seda azul eres tú, margen dulce,
que te entregas riendo, amarilla en la noche,
mientras mi sombra finge el claroscuro de plata
de unas hojas felices que en la brisa cantasen.
Abierta, penetrada de la noche, el silencio
de la tierra eres tú: ¡oh mía, como un mundo en los brazos!
No pronuncies mi nombre: brilla sólo en lo oscuro.
Y ámame, poseída de mí, cuerpo a cuerpo en la dicha,
beso puro que estela deja eterna en los aires.

Vicente Aleixandre

SETIEMBRE

Aquella noche de setiembre, fuiste
tan buena para mí… hasta dolerme!
Yo no sé lo demás; y para eso,
no debiste ser buena, no debiste.
Aquella noche sollozaste al verme
hermético y tirano, enfermo y triste.
Yo no sé lo demás… y para eso,
yo no sé por qué fui triste… tan triste…!
Sólo esa noche de setiembre dulce,
tuve a tus ojos de Magdala, toda
la distancia de Dios… y te fui dulce!
Y también fue una tarde de septiembre
cuando sembré en tus brasas, desde un auto,
los charcos de esta noche de diciembre.

César Vallejo

PASIÓN

Tú tienes, para mí, todo lo bello
Que cielo y tierra y corazón abarcan;
La atracción estelar – ¡de esas estrellas
Que atraen como tus lágrimas!
La sinfonía sacra de los seres,
Los vientos y los bosques y las aguas,
En el lenguaje mudo de tus ojos
Que, mirándome, hablan;
Los atrevidos rasgos de las cumbres
Que la celeste inmensidad asaltan,
En las gentiles curvas de tu seno…
¡Oh, colina sagrada!
Y el desdeñoso arrastre de las olas
Sobre los verdes juncos y las algas,
En el raudo vagar de tu memoria
Por mi vida de paria.
Yo tengo, para ti, todo lo noble
Que cielo y tierra y corazón abarcan;
El calor de los soles -¡de los soles
Que, como yo, te aman!
El gemido profundo de las ondas
Que mueren a tus pies sobre la playa,
En el tapiz purpúreo de mi espíritu
Abatido a tus plantas;
La castidad celeste de los besos
De tu madre bendita, en la mañana,
En la caricia augusta con que tierna
Te circunda mi alma.
¡Tú tienes, para mí todo lo bello;
Yo tengo para ti, todo lo que ama;
Tú, para mí, la luz que resplandece,
Yo, para ti, sus llamas!

Alma Fuerte

RECADO

Amor, amor de aquí: pásame el brazo
por la cintura. Amor, toca esta frente,
di una frase vulgar, casi inocente,
ríe, ríe después… Tengo un retazo
de sol bajo la tela de mi hombro.
Arráncalo de ahí, dáselo a un nido.
Llora como si ya te hubieras ido,
y cállate en el punto en que te nombro.
Amor, amor, ¡sujétame esta gota!
(¿Verdad que se parece a la mar rota?)
Mi corazón para la luz se cierra.
Al sur de todo vengo abandonada.
Deténme: estoy muriéndome por nada,
arrepentida de mirar la tierra.

Carilda Oliver Labra

ECUATORIAL
-Fragmento-

                                  Primavera – Al lado izquierdo – 30 minutos
Pasa el tren lleno de flores y de frutos

El Niágara ha mojado mis cabellos
Y una neblina nace en torno de ellos

Los ríos
          Todos los ríos de las nacientes cabelleras
Los ríos mal trenzados
Que los ardientes veranos han besado
Un paquebot perdido costeaba
Las islas de oro de la Vía Láctea
La Cordillera Andina
                              Veloz como un convoy
Atraviesa la América Latina

El Amor
                                                           El Amor
En pocos sitios lo he encontrado
Y todos los ríos no explorados
Bajo mis brazos han pasado

Una mañana
               Pastores alpinistas
Tocaban el violín sobre la Suiza

Y en la estrella vecina
Aquel que no tenía manos
Con las alas tocaba el piano

Siglo embarcado en aeroplanos ebrios
                                                 A DÓNDE IRÁS
Caminando al destierro
El último rey portaba al cuello
Una cadena de lámparas extintas

Y ayer vi muerta entre las rosas
La amatista de Roma
ALFA
                                               OMEGA
              DILUVIO
                                                                ARCO IRIS
Cuántas veces la vida habrá recomenzado

Quién dirá todo lo que en un astro ha pasado
              Sigamos nuestra marcha
              Llevando la cabeza madura entre las manos

Vicente Huidobro

AQUÍ

Aquí,
en esta orilla blanca
del lecho donde duermes,
estoy al borde mismo
de tu sueño. Si diera
un paso más, caería
en sus ondas, rompiéndolo
como un cristal. Me sube
el calor de tu sueño
hasta el rostro. Tu hálito
te mide la andadura
del soñar: va despacio.
Un soplo alterno, leve,
me entrega ese tesoro
exactamente: el ritmo
de tu vivir soñando.
Miro. Veo la estofa
de que está hecho tu sueño.
La tienes sobre el cuerpo
como coraza ingrávida.
Te cerca de respeto.
A tu virgen te vuelves
toda entera, desnuda,
cuando te vas al sueño.
En la orilla se paran
las ansias y los besos:
esperan, ya sin prisa,
a que abriendo los ojos
renuncies a tu ser
invulnerable. Busco
tu sueño. Con mi alma
doblada sobre ti,
las miradas recorren,
traslucida, tu carne
y apartan dulcemente
las señas corporales
por ver si hallan detrás
las formas de tu sueño.
No lo encuentran. Y entonces
pienso en tu sueño. Quiero
descifrarlo. Las cifras
no sirven, no es secreto.
Es sueño y no misterio.
Y de pronto, en el alto
silencio de la noche,
un soñar mío empieza
al borde de tu cuerpo;
en él el tuyo siento.
Tú dormida, yo en vela,
hacíamos lo mismo.
No había que buscar;
tu sueño era mi sueño.

Pedro Salinas

ME ATREVERÉ A BESARTE

Tú, de las manos fuertes con dureza de hierro
Y los ojos sombríos como un mar en tormenta,
Toda suerte o ventura en tus manos se asienta;
La fortuna te sigue, la fortuna es tu perro.

Mírame aquí a tu lado; tirada dulcemente
Soy un lirio caído al pie de una montaña.
Mírame aquí a tu lado… esa luz que me baña,
Me viene de tus ojos como de un sol naciente.

¡Cómo envidio tus uñas insertas en tus dedos
Y tus dedos insertos de tu mano en la palma,
Y tu ser todo inserto en el molde de tu alma!
¡Cómo envidio tus uñas insertas en tus dedos!

A tus plantas te llamo, a tus plantas deliro…
Oh, tus ojos me asustan… Cuando miran el cielo
Le hacen brotar estrellas. Yo postrada en el suelo
Te llamo humildemente con un leve suspiro.

Acoge mi pedido: oye mi voz sumisa,
Vuélvete a donde quedo, postrada y sin aliento,
Celosa de tus penas, esclava de tu risa,
Sombra de tus anhelos, y de tu pensamiento.

Acoge este deseo: dame la muerte tuya,
Tu postrera mirada, tu abandono postrero,
Dame tu cobardía; para tenerte entero,
Dame el momento mismo en que todo concluya.

Te miraré a los ojos cuando empiece la sombra
A rondarte despacio… Cuando se oiga en la sala
Un ruido misterioso que ni es paso ni es ala,
Un ruido misterioso que se arrastra en la alfombra.

Te miraré a los ojos cuando la muerte abroche
Tu boca bien amada que no he besado nunca,
Me atreveré a besarte cuando se haga la noche
Sobre tu vida trunca.

Pedro Salinas

CARTAS Y POEMAS
(1942-1946)

I

Mi única en el mundo:
«Estalla mi cabeza, mi corazón flaquea.
-dices en tu última carta-.
«Me moriría,
               si llegan a colgarte,
                            si te pierdo.»

Tú vivirás, mujer,
Y mi recuerdo, igual que una humareda
Se perderá en el viento.
Tú vivirás, hermana del leonado cabello que tanto amo.
Los muertos no preocupan más de un año
A los que viven en el Siglo XX.

La muerte…
Un hombre que se mece colgado de una cuerda:
A semejante muerte
                  mi corazón no puede resignarse.
Pero, querida,
              tranquilízate:
Si la mano velluda de algún oscuro cíngaro
Termina echándome la soga al cuello,
Ellos en vano mirarán
               en los ojos azules de Nazim
                           para ver allí el miedo.
En el alba de mi última mañana
Veré a todos, a ti y a mis amigos,
Y llevaré tan sólo bajo tierra
La pesadumbre de un canto inconcluso.

Mujer,
Abeja mía del corazón de oro,
La de más dulces ojos que la miel:
¡Para qué te habré escrito que pedían mi muerte!…

El proceso recién ha comenzado.
No se arranca, nomás, la cabeza de un hombre
Como se arranca un rábano.
Vamos, no te preocupes:
Tal posibilidad es muy lejana.
Si tienes unos pesos,
Cómprame un par de calzoncillos largos,
Pues todavía sufro de aquel reuma en la pierna.
Y no olvides que la mujer de un preso
No debe tener negros pensamientos.

II

He grabado tu nombre con la uña
En la correa de mi brazalete.
Tú bien sabes que aquí, donde me encuentro,
No hallas ni un cortaplumas de mango de carey
-«Prohibido usar objetos contundentes»-
Ni un abeto que hunda su cabeza en el cielo.
Antes hubo en el patio un arbolito
Pero… se prohíbe tener la cabeza en las nubes.
¿Que cuántos habitamos esta casa?
No sé nada de eso.
Me encuentro solo, aislado de los otros,
Que se reúnen separados de mí.
No se me deja hablar más que conmigo.
Y es eso lo que hago.
Pero cuando mis charlas me resultan insípidas,
Canto, mujer.
Y… ¡vieras!
Mi voz, que tú conoces,
Esta rústica voz desentonada
Me conmueve a tal punto
Que se me parte el corazón.
Y, como el huerfanito de los cuentos de niños
Que camina descalzo por la nieve
De los largos caminos solitarios,
Siente mi corazón deseos de llorar
Restregándose lágrimas y mocos.
Llorar…
      no para que se pare en el camino
 

 el jinete del zaino colorado;
Llorar…
     no para que se borren en su oído
     los gritos de los negros pájaros carniceros;
Llorar tiritando en el viento,
Llorar sin esperar nada de nadie,
Llorar en soledad, para mí mismo.
Y decir
Que no siento vergüenza por ese estado de mi corazón,
Que no me ruborizo
De verlo con su pobre cabeza pensativa
Refugiarse en sí mismo,
De sentirlo tan débil y egoísta,
Tan simplemente humano.
Puede ser una crisis.
Puede ser que haya en esto
Razones psicológicas, fisiológicas, lógicas…
O puede ser a causa de las dos ventanitas con barrotes,
De la sartén, del cántaro de barro
Y estas cuatro paredes
Que me impiden oír, desde hace meses,
Otras voces humanas que la mía.
Son las cinco de la tarde, querida.
Allá afuera,
La sed, mil extraños rumores, remolinos de tierra
Y ese caballo flaco y estropeado
       que está quieto en mitad del infinito…
Allá afuera,
Toda la industria, con sus baratillos,
Con todo lo que, en fin, es necesario
Para volverlo loco al ser humano.
Allá afuera,
Todo enrojece en la extensión sin árboles:
Una tarde de estepa es la que cae.
Pronto será la noche.
Bruscamente, una luz reemplazará
Al caballito flaco y estropeado
Y, entonces, esta pobre
Naturaleza desesperanzada,
Que está tirada, ahí,
          como si fuera un muerto de endurecidos rasgos,
Cubrirá con estrellas, en seguida,
          su indigencia de árboles.
Será el tan conocido final del viejo asunto.
Vale decir que todo estará preparado,
Cada cosa en su sitio, sin faltar una sola,
Para suntuosidad de la nostalgia.

III

Voy a decirte una cosa
De capital importancia:
El hombre cambia de gustos
cuando cambia de lugar.
Aquí, me gusta dormir,
Me gusta terriblemente
Porque, con su mano amiga,
Viene el sueño a abrir mi celda
O derriba las paredes
Que me tienen encerrado.
Como en la frase vulgar,
Yo me dejo ir por el sueño
Como la luz se desliza
Sobre las tranquilas aguas.
Son magníficos mis sueños:
Siempre estoy en libertad,
Allí es claro y lindo el mundo,
Ninguna vez todavía
Me han llevado a la prisión,
Ninguna vez todavía,
Durante el sueño, caí
De la montaña al abismo.
-«¡Qué terribles despertares!»,
Dirás tú.
         No, mujer mía:
Tengo bastante coraje
Para distinguir y dar
Al sueño lo que es del sueño.

IV

Si con el señor Nuri, aquel comisionista,
Mi ciudad, Estambul, me remitiera
Un cofre de ciprés, de los de bodas,
Cuando lo abriera, sonaría schinnnn…
La campanita de la cerradura.
Dos piezas de tejidos procedentes de Chile,
Dos pares de camisas,
Unos pañuelos blancos con bordados de plata,
Las flores de lavanda en saquitos de tul
Y tú.
     Y cuando de allí dentro tú salieras,
Yo te haría sentar al borde de mi lecho,
Tendería a tus pies mi piel de lobo

Nazim Hikmet

Lee el poema completo en la Revista Las 2001 Noches, haciendo click en el siguiente enlace: http://www.las2001noches.com/n76/pg1.htm#L%C3%8DMITE_UNO:EL_AMOR_L%C3%8DMITE_UNO:_EL_AMOR

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