Selección poetas destacados 2022.02.25

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De la revista las 2001 noches, en su número dedicado a la guerra. http://www.las2001noches.com/n79/pg1.htm


Yo era todos los hombres

¿Quién era yo?
¿Quién era aquél que al amanecer transitaba las calles
         deshilachadas buscando al hombre que juntaba mujeres
         como monedas de oro para desmenuzar?
¿Quién era el dueño de la corrupción que abría caminos en los
         viejos prostíbulos para instalar las oficinas del hambre?
¿Quién, desde lo alto de las paralelas, arrojaba la sal de la muerte
         para sazonar otras vidas que se arrastraban como una
         anfisbena de dos cabezas?
¿Quién era aquél que barajaba hombres como barajas en el juego
         inacabable de la vida y la muerte?
Yo me levanté desde un hospital donde el juego también es a
         morir y vi las camas insomnes donde los enfermos pedían
         por la vida cuando ya estaban muertos.
Yo amanecí sin voz y sin ideas y vi las mesas donde se
         consultaban los pactos con el Diablo.
Y yo vi a los hacedores de vida que intercambiaban palabras con
         pócimas a la espera de que el muerto hablara del milagro
         y luego se durmiera en esa otra vida que no está en la vida.
Corrí por oscuros laberintos donde el dolor festejaba la muerte
         para aplacar el infierno que caída lentamente de un gotero.
Y vi los monstruos del día final filtrados desde las botellitas
         numeradas que yacían al lado de las camas.
Y al Diablo que también caída desde el gotero para festejar
         el triunfo que espera todos los días desde el amanecer.
La vida y la muerte es un juego de cubiletes que el Diablo agita
         con su pulso incandescente.
Yo era entonces todos los hombres.

Juan Jacobo Bajarlía


La Libertad

I

De pronto entró la Libertad.

La Libertad no tiene nombre,
no tiene estatua ni parientes.

La Libertad es feroz.
La Libertad es delicada.
La Libertad es simplemente
la Libertad.

Ella se alimenta de muertos.
Los Héroes cayeron por Ella.
Sin angustia no hay Libertad,
sin alegría tampoco.
Entre ambas la Libertad
es el armonioso equilibrio.

Nosotros tenemos vergüenza,
la Libertad no la tiene,
la Libertad anda desnuda.
(Y el señor Jesucristo dijo
que el reino de Dios vendrá
cuando andemos de nuevo desnudos
y no tengamos vergüenza.)

Hermanos, nosotros sabemos,
pero la Libertad no sabe.

II

Hay que ser piedra o pura flor o agua,
conocer el secreto violeta de la pólvora,
haber visto morir delante del relámpago,
conocer la importancia del ajo y el espliego,
haber andado al sol, bajo la lluvia, al frío,
haber visto a un soldado con el fusil ardiente,
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

Viva el amor, la vida poderosa,
la muerte creadora de olores penetrantes
y eso porque uno muere y resucita,
la luz sobre los techos de la aurora,
sobre las torres del petróleo,
sobre las azoteas de las parvas,
sobre los mástiles del queso y el vino,
sobre las pirámides del cuero y el pan,
la gente retornando,
una ventana con la bandera en familiar bordado
y la exacta ambulancia, con heridos,
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

Hay que ser como el puente necesario,
natural como el lirio, como el toro,
saber llegar al fondo del silencio,
al subsuelo del brote y a la raíz del grito,
hay que haber conocido el miedo y el valor,
haber visto una mano que agita una linterna
de noche, hacia el distante nido de la metralla,
hay que haber visto a un muerto cicatrizado y solo
cantando, sin embargo, la Libertad querida.

III

De pronto entró la Libertad.

Estábamos todos dormidos,
algunos bajo los árboles,
otros sobre los ríos,
algunos más entre el cemento,
otros más bajo la tierra.

De pronto entró la Libertad
con una antorcha en la mano.

Estábamos todos despiertos,
algunos con picos y palas,
otros con una pantalla verde,
algunos más entre libros,
otros más arrastrándose, solos.

De pronto entró la Libertad
con una espada en la mano.

Estábamos todos dormidos,
estábamos todos despiertos
y andaban el amor y el odio
más allá de las calaveras.
De pronto entró la Libertad,
no traía nada en la mano.

La Libertad cerró el puño.
¡Ay! Entonces…


Raúl González Tuñón


Pequeña biografía de un hombre contemporáneo

Entre dos guerras deflagró mi vida.
Entre dos apogeos del estrago.

Dos guerras grandes cual el mundo mismo.
Antes de la primera yo fui blanco.

Después de la segunda ya tenía
el color de la pólvora tatuado.

Antes de la primera iba desnudo,
animal inocente por los llanos

frumentales. Después de la segunda,
cota de malla y corazón blindado.

Olía el musgo a semen de leones.
Los arroyos a orines de caballo.

Antes de la primera no tenía
temor del fuego, del rescoldo humano.

Durante la segunda, intensamente
los tuétanos salidos me quemaron.

Pude sobrevivir arrebatándole
a un muerto su rincón. Y así, empujándolo

como a un costal de carcomidos huesos,
lo eché del foso y me escondí en su cárcamo.

Después clamaban a millar de voces
que yo era un resurrecto. Y me apedrearon.

Antes de la primera, humildemente
como se brinda un pan daba la mano.

Después de la segunda la escondía.
Antes de la primera, noble el paso.

El de un hombre sencillo que confiara.
Después de la segunda, brinco largo

de tigre hambriento. Vida bifurcada.
Ni siquiera me duele recordarlo.

Carezco de dolor. No tuve triunfos
ni dignidad y soy uno de tantos

delincuentes que nombran las noticias
cotidianas. Un nadie. Un ser castrado.

Lo demás que pudiera referiros
es aún más torpe, sórdido y extraño.

Intimidad inverecunda y podre.
Mi rostro no es auténtico. Es el falso

que ya todos tenemos; y conmigo
porto un papel. En uno de sus ángulos

mi única dirección. No es verdadera.
Teléfono ficticio y un retrato

lleno de arrugas; máscara de un hombre
deliberadamente equivocado.

Alma y figura, nombre y domicilio,
todo simulación, todo bastardo.

Lo que sé y lo que ignoro y lo que nunca
podré saber. El sueño y lo insoñado.

La inmunda cabellera hasta la espalda.
Un infeliz andrógino barbado.

Mas pudieran valerme estas señales
si algún día vulgar, un día amargo

sin fecha, como hay muchos en la vida;
sin prodigalidad, un día avaro,

yo me muero en la calle como muere
bajo la oscuridad un perro anciano.

Germán Pardo García


 

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